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P A S A R S E DE IsISTO (CUENTO D E HÁ MAS D E DOS SIGLOS) C A L V O el parche de tafetán verde que tapaba á aquél un ojo, y algún otro detalle de escasa monta, lo mismo que una gota de agua á otra gota se parecía á Ginesillo de Pasamente e l redomado truhán que había tenido más de dos horas con la boca abierta á cuantos viandantes llevó la suerte del posadero á hacer noche á la fementida venta. Esta, que tanto de ello como de posada ó de mesón tenía, estaba situada en el camino que va desde Toledo á lUescas, y sin duda, por ser aquel tiempo de feria, no en uno sino en varios pueblos del contorno, estaba, á pesar de su falta de comodidades, tan repleta de viajeros como si allí se hubieran de hallar muy otras holguras de las que en realidad podía prometerse nadie. Cierto e s q u e la condición de los más, que eran trajineros ó traficantes en ganado, no pedía ni holandesas sábanas en el lecho, ni alemaniscos manteles en la mesa; pero tan pocos y duros eran los primeros y tan mal provista se hallaba la segunda, que algo hubiera dado el dueño de la posada, venta ó lo que fuese, porque el titiritero hubiera seguido con sus bufonadas y brujerías, siquiera no fuera más que para que las risas y asombros no dejaran parar mientes en lo que se le fué la mano al bautizar el vino, que por agrio y mal embocado mejor estuviera para aderezar ensaladas que no para hacer pasar el encebollado de macho cabrío, que era el más grato manjar que preparaba á sus huéspedes. Tal vez por ello, aunque nadie anduvo escaso en reir las socarronerías, que eran muchas y bien sazonadas del farsante, tan á la mano les fué á todos el ventero en celebrarlas y encarecerlas, que cuan- do llegó el momento de la colecta, todos creyeron que les iba á dejar chicos en punto á rumbosidad, echando en el ratonado bonete del juglar lo que menos un real de á cuatro, amén de advertirle qué para nada se curara de la costa de la colación. Sin embargo, de otra suerte lo quiso la negra del regocijado huésped. En el momento en que más embebecido estaba recogiendo unos cuantos maravedís segovianos, unos descompasados golpes dados en la portalada y unas no más compuestas voces gritando Abran á la Santa Hermandad hicieron tal efecto en el posadero y en el de los títeres, que uno y otro, pálidos como difuntos, no supieron por 1 pronto qué partido tomar. El dueño de la posada fué, no obstante, el que más pronto logró reponerse, y haciendo- de la necesidad virtud, se apresuró á abrir la puerta antes de que los de afuera la echaran abajo- -que de ello llevaban camino, -para decir, aflautando la voz á fin de disimular el miedo, y dirigiéndose al jayán que hacía de cabo de los cuadrilleros;