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Y es verdad que lia vuelto el hombre con un palmo de lengua fuera, y diciendo que se quiere casar en seguida. El objeto era dividir el ejército enemigo, porque los hombres juntos resisten más tiempo solteros; y además, una casa que sirve de reunión á tres novios, parece una colmena en que todos son zánganos. Ello es que la chi a tercera, sin romper las relaciones, alejó al pretendiente. Las otras dos dividieron entonces á sus novios; no les convenía que fueran amigos. -Oye, monín: ¿es verdad que una vez te caiste al pozo por abrazar- á la criada de tu casa? -Eso no puede haberlo contado más que el majadero de Pachín (el otro novio) y yo no he dicho nada de él todavía. -Dime, dime algo para hacer rabiar á mi hermana. Y tanto dirían uno y otro, que á los pocos días no se hablaban y se miraban como dos moros que se odian. Hubo un acuerdo: el arquitecto amaba de dos á cuatro y el hacendado de cinco á siete. Cada uno se confesaba con su novia, la cual le contaba los preparativos de la boda del otro, y así, los dos se daban la mayor prisa que podían. Entretanto, las dos hermanas hilaban el amor honestamente, sí; pero sin esa ñoñez que á todas horas hace pensar en el pecado; lii menos esa hosquedad española que hace pasar á las muchachas por donde hay hombres como pasa el ganado por la feria. Había que ser amables para dar idea de una dicha mayor y aun aparentar cierto abandono, que demuestra absoluta confianza y hace al hombre rechazar toda idea de traición. En fin, melosas, pero en el balcón, á la vista de los vecinos. Y como los vecinos sabíamos que se iban á casar... y como además no nos importaba... y porque no se creyera que era envidia... Nada; pequeneces. Se casó la mayor, y se dio permiso al tercero para que volviera. Y habían ustedes de ver cómo entraban en funciones las hermanitas menores. En cuanto venía el novio tercero, bajaban las dos á la plaza y paseaban con el muchacho; la una, amando; la otra, aprendiendo. Y todo esto con la puntualidad, con el afán, con la seriedad de militares que operan en campaña ó de oficinistas en días de crisis; como quien está penetrado de que hace lo suyo, y que es preciso hacerlo bien. En fin, ayer al salir de casa, vi á un monigote de dieciséis años, con su gorrilla de visera blanca, muy plantado, muy resuelto, haciendo señajos á la menor. Porque ellas no desdeñan nada, y hacen bien, que no están los tiempos para desdenes. Ya lo dejará, si se presenta un catedrático. Días atrás estuvo en casa la pequeña á pedirnos no las de amor, y hablaba con gracia tan natural, y daba unos meneos á la magnífica trenza de sus cabellos rubios, que mi chico ponía la boca en forma de O sin darse cuenta de ello, y á ratos la miraba como si fuera á tener una cuestión con ella. ¡Ay, niñas! Dicen ustedes que eso de casarse no está muy mollar... Razón de más para estudiarlo como una ciencia Estas galleguitas hacen con los novios lo que los gallegos con los cuartos: los ganan, los cuentan, los acarician, cambian veinte reales en perras por un duro en plata, y acaban por fundar una sociedad limitcd. Ya se marcha el carro de mudanzas; suena la campanilla; cb condamos ésto: son las restantes que vienen á despedirse. ¡Dio? las bendiga! F. SERRANO D E LA PEDROSA D I B U J O S DE CILLA