Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
IvT A Ily ATS OAQTJÍN Malats es una figura artística de primer orden. Su fama se h a extendido rápidamente entre las aclamaciones de los amantes de la música. El gran pianista es joven, es español y ha triunfado en París entre competidores formidables y bajo el fallo de jueces poco benévolos. Contendía entonces para lograr el premio Diéiner, que es el doctorado supremo de los pianistas. Siendo Malats español y luchando con franceses y alemanes, ¿qué grados de mérito no supone esa victoria? La ha logrado, no obstante, nuestro compatriota, y con ella la fama universal, las pingües contratas. En lo sucesivo, tocará en teclado de oro, y cada arpegio será un cheqtie. La vil materialidad ambiente obliga á graduar el ingenio por su producto, como si fuesen cantidades homogéneas el arte y el dinero. Los americanos, que se llevan de Eurepa, para enriquecerlos, á nuestros artistas, han marcado esa escala y han grabado ese troquel. Se cotiza el genio como una acción de empresa mercantil. Por si de algo sirve para los indoctos, para los vulgares y para los groseros estimadores del esfuerzo humano, basta con que se sepa que este español ilustre, este pianista admirable, Joaquín Malats, no ha venido á Madrid en busca de una fortuna que tiene asegurada en París, en Berlín, en América. Ha. venido á darse el puro y noble gusto de que le oigamos y á proporcionarnos el supremo deleite de oirle. Después de oir á Malats, y apenas recobrado el espíritu de la impresión, apelo á mi memoria de aficionado ignorante. No advierto en ella ninguna ausencia insustituible. Por allí han pasado Paderewski. Planté, Rosenthal, la Carreño, otros dominadores del teclado. Se fueron... pero aquí está Malats. JEl lo llena todo. El basta para que la imagiíiación, estremecida por el hondo y conmovedor deleite estético, se anegue en el goce de lo presente, con ese bárbaro y feliz olvido de los pueblos desmemoriados, á quiénes el caudillo triunfante del día hace olvidar toda una larga historia de he- roísinos. Así es como se vence en arte. El vencedor borra de la pizarra cuantas líneas en ella se habían escrito, para grabar su nombre con rasgo luminoso. Joaquín Malats confunde. en el teclado todos los estilos, los mezcla y hace de ellos algo personal y único. Ya es violento y duro, recio y vibrante, tempestad armónica, avalancha de notas que cae con abrumadora impetuosidad, como torrente sobre dique; ya es dulce, suave y tranquilo, como clara fuente que nace entre juncos. Así, ejecuta con igual maestría los delirios inverosí- miles con qire Chopin quiso detener ante barrera infranqueable á los pianistas sus sucesores, y las tiernas poesías de Schuniann, en que el pentagrama desaparece para dejar al soñador la libre amplitud de la página blanca no sujeta á ritmo ni á medida. Pero ante todo tiene Malats una cualidad: es claro como la luz del mediodía. Ve y hace ver lo intrincado y lo confuso, y su ejecución realiza el milagro de que la profundidad se convierte en sencillez. Obras que os parecían inextricables en su prolija sabiduría, las convierte Malats en enunciados asequibles al menos competente. Esa es la línea genial de los grandes artistas. Así, los creadores del Renacimiento sacaron la belleza eterna del arte griego á través de la tenebrosa confusión medioeval. Un poeta diría que Malats adopta, al expresar con los sonidos, las ideas, todas las formas de la naturaleza y del arte. A veces, la múltiple aglomeración de notas forma una columna que surge bella é ingente como en Propileos; á veces se desparraman ellas cqmo los puntos y tramas del encaje én aéreos y mal definidos contornos; á veces se distienden en curvá como la ola al llegar á la orilla... Y entre estas mutaciones de la expresión da el pianista su valor á cada concepto, resultando la obra completa en su totalidad estética. Malats va á emprender por el mundo su viaje de gloria y de fortuna. Va á recoger el aplauso de hombres de otras razas. Aquí le esperamos, para que al volver de sus expediciones triunfales salude á la patria, haciendo sonar en el teclado un acorde de genio y de amor. J. ORTEGA MUNILLA FOT. AÜDOUARU