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mas. Aquella misma tarde había tropezado en una calle apartada con la estatua de Agripina, y el autómata de la emperatriz le detuvo echándole una mano al hombro y apretándoselo con fuerza inmensa. Al fin pudo desasirse, y mientras la sombra augusta desaparecía en una revuelta, pasaron corriendo Diana y el Sátiro, que huían del bosque. Aquellos sucesos inquietaban al mecánico, quien se perdía en suposiciones sobre la causa que los podría originar. Pensando que algo desconocido trastornaba los antes perfectos mecanismos, se absorbió haciendo cálculos en un papel. Pero por más que trataba de descubrirla falta, no lo conseguía. Los cálculos estaban bien hechos. La fuerza media del viento producía tantas y cuantas revoluciones en las ruedecillas del cerebro, y á aquéllas correspondían movimientos previstos, ademanes amables, en los que noentraban ni la presión amenazadora de Agripina ni la fuga desordenada de los dioses silvanos. Cuando más abstraído estaba en sus cálculos, el viento silbó en la plaza. Su impulso balanceó una de las persianas del balcón del inventor, y empujándola la cerró con golpe seco, que- repercutió en el cuarto. Smithson levantó los ojos, y al mirar la persiana cerrada dio un grito, ¿a hoja empujada por el a i r e ñ o era la izquierda: era la derecha. La ráfaga venía del Este. El constante viento de Westonia había cambiado. Tal vez en remotas comarcas cayeron bosques enteros, se alzaron montes y mientras para las brisas del Oeste nacieron obstáculos, p a r a l a s del Este se allanó el camino. Smithson calculó inmediatamente el trastorno que tal mudanza iba á producir en su pueblo. Semejante cambio explicaba la inquietud de los autómatas. Como todos sus movimientos se habían reglamentado á una fuerza que los regía y ordenaba, la aparición de una energía contraria había de producir efectos contrarios también. Los autómatas que habían sido dóciles con un viento, se tornarían rebeldes con otro. La permanencia en Westonia podía ser peligrosa. Por un movimiento instintivo, Smithson se fué á la puerta y corrip el cerrojo. En aquel in. stante sonó rumor de pisadas en la escalera. El inventor, oyéndolas, empalideció intensamente. El rumor se acercaba, convirtiéndose en un ruido mecánico, isócrono, seco, semejante al producido por el acompasado andar de un ejército, creció, y al fin se detuvo ante la puerta trancada. Hubo un instante de silencio, luego el batiente de madera crujió bajo una presión poderosa, igual, que no desfallecía un instante, y Smithson, de pie junto á su mesa, vio cómo el cerrojo se doblaba, se retorcía y saltaba fuera de su enganche. Las manos del inventor acariciaron un revólver para volverlo á dejar. Después el picaporte se alzó, giró la puerta y las estatuas entraron. Agripina y el Fauno venían los primeros. Tras ellos blanqueaban las espaldas de los demás, y cien brazos se extendían, estremeciendo miliares de dedos afilados. Ante el avance inevitable de los autómatas, Smithson retrocedió hasta la pared. Agripina y el Fauno le siguieron. El cuarto se llenó de dioses y de diosas que se empujaban hacia el inventor y que, acorralándole contra el muro le hicieron caer sentado en un sillón. Con movimiento pausado, la Emperatriz extendió entonces sus manos hermosísimas, y apretando con ellas el cuello de Smithson, apretó la carne con una fuerza irresistible y tranquila, que cerraba poco á poco sus dedos férreos, incrustándolos implacablemente en, la piel. La asfixia nubló los ojos del me- cánico, y sus pupilas, antes de cegar para siempre, vieron cómo el autómata homicida le soltaba una vez terminado aquel movimiento de su mecanismo, y salía del cuarto, sereno, tranquilo, siguiendo á sus compañeros, cuyas huecas pisadas resonaban sobre los escalones. U I B ü J O S Ü E M É N D E Z ISRIN- G. -V MAURICIO LÓPEZ ROBERTS