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todo, Harry Smithson iba y venía, f! in más espectadores de sus movimientos que unos seres inmóviles que ocupaban los palcos, las butacas, el anfiteatro, llenando toda la sala con sus cuerpos blancos. Aquella multitud estaba silenciosa, y en ella los rostros eternizaban una sola expresión inalterable; las manos y los brazos permanecían qúiecos, petrificando un gesto, un ademán. Allí había hombres y mujeres en la fuerza del vivir, de facciones serenas, purísimas, impecables, armónicas; augustos viejos de barbas fluviales y expresión orguUosa; máscaras terribles de hembras hermosísimas que se coronaban con amenazadoras cabelleras de serpientes; olímpicas cabezas desligadas de la tierra. Aquí y allá surgían de entre la gloriosa multitud de las estatuas, algunos rostros de líneas universalmente conocidas. En un ángulo, la Venus de Milo derramaba la serenidad indiferente de sus ojos profundos, llenos de pensamientos ignorados. Apoyándose en la maza. Hércules reposaba con la expresión bondadosa de quien no teme, mientras Diana, alzando el brazo sobre su espalda virgen, extraía un dardo de su carcaj de cazadora. Mercurio se cernía sobre sus sandalias aladas, Agripina sonreía enigmática bajo la torre de sus cabellos y el Fauno danzaba saltarín, sobre sus pies capríneos. Las manos de Harry Smithson habían moldeado todas aquellas esculturas, y formaron las estatuas con planchas de metal esmaltado, que adaptándose unas á otras, reproducían las divinas formas de los mármoles y ocultaban el prodigioso mecanismo de sus movimientos. En fuerza de estudios, tanteos y ensayos, el inventor había conseguido crear unos autómatas maravillosos que andaban y se movían sin la rigidez propia de los aparatos mecánicos. Salvo la palabra, aquellos muñecos eran hombres. Los resortes, espirales y muelles que llenaban sus cráneos latían como cerebros, gobernando desde allí los movimientos del cuerpo todo. La ingeniosidad de Smithson había descubierto un motor económico en el perenne huracán del Oeste que silbaba sobre Westonia, y todos los autómatas tenían en el costado una hendidura que absorbía el viento y lo empleaba como fuerza motriz. Los ensayos hechos por el mecánico le permitían contar con el éxito de su obra. Así, cuando al anochecer de una tarde de invierno, colocó todos los autómatas en plena calle y el aire se introdujo en aquellos armazones de metal, Smithson no se sorprendió ante un resultado previsto. Apenas el viento empezó á mover las ruedecillas, las estatuas se movieron con ademanes rítmi- eos y flexibles. Sólo los rostros no cambiaron de expre. sión. Lentamente unos, presurosos otros, según la velocidad respectiva de sus mecanismos, los autómatas se desperdigaron por la ciudad, poblándola de blancas siluetas clásicas. Cual si obedeciesen al espíritu que un día las animara, aquellas formas buscaron durante la noche lugar adecuado á su hermosura, y cuando el día nació, Diana reposaba junto á un bosque, entre cuyas ramas reía el Sátiro, mientras la Venus manca esperaba en una plaza el homenaje del pueblo y su hermana, la de Médicis, tanteaba con el pie, pudorosa y estremecida, el agua mansa de un estanque público. n En el silencio de la noche, Harry Smithson reflexionaba, sentado en su despacho. Desde que los autómatas anduvieron por primera vez, habían transcurrido algunos meses. Durante ellos, el inventor sólo tuvo motivos de júbilo, pues las estatuas, obedientes á su mecanismo, se movían silenciosas, sumisas, tan armoniosamente bellas, como imágenes de un sueño realizado. Pero desde hacía algún tiempo, aquel callado pueblo parecía intranquilo. Por dos o tres veces Smithson tuvo que detener en sus autómatas gestos inquietos que rompían el ritmo divino de sus for-