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ÜDAD DE LOS AUTÓMATAS A L leer Harry Smithson en la séptima plana del New York Herald aquel anuncio, comprendió que había hallado el mirlo blanco tanto tiempo perseguido. El anuncio principiaba con mayúsculas gordísimas: ¿Queréis ser reyes por poco dinero? y debajo de esta sugestiva pregunta se leía lo siguiente: El día 6 de Marzo se subastará en el estudio del notario Joshua Hals, la villa de Westonia, situada en el Estado de picha ciudad se compone de doscientas treinta y cuatro casas, de tres igle, sias, metodista, reformada y católica, de un mercado, un teatro y dos circos de gallos. Todas estas construcciones son de madera y se hallan en buena conservación. La villa de Westonia, situada en medio de magníficos bosques, disfruta de gran salubridad, gracias á las constantes brisas del Oeste, que á más de darla nombre, la sanean y ventilan durante todo el año. ¡Animarse, millonarios, y no despreciéis ocasión tan magnífica para demostrar á la vieja Europa qvie un americano se hace rey con sólo quererlo! Tipo de tasación: 380.000 dollars. Lo que el anuncio no decía era que los fundadores de Westonia habían tenido que abandonarla, después de haber intentado hacer de ella una villa agrícola, pues aquellas brisas del Oeste tan sanas, secaban todas las cosechas, y fuera de las encinas de los bosques vecinos, ningún vegetal podía crecer bajo el latigazo perenne del viento. Por tal causa se deshacían de la ciudad, vendiéndola como si fuese un mueble viejo. Mas esto no era inconveniente para Harry Smithson; al contrario. El opulento inventor deseaba desde hacía mucho tiempo retirarse á un lugar apartado para dedicarse á sus estudios de mecánica y á la construcción de sus maravillo sos autómatas, sin temor á ser interrumpido por visitas y pregun. ilidades soñadas por el mecánico. Estciucí jcjus uc iciivviijjic uc uLiüS villas, y á nadie se le ocurriría visitar población tan poco interesante. Así, cuando el abogado de Smithson le participó que era ya dueño de la ciudad de madera, el inventor liquidó todos sus asuntos, compró víveres y conservas en abundancia, encajonó instrumentos, máquinas, substancias desconocidas, aparatos eléctricos é infinidad de vaciados y reproducciones de estatuas antiguas, y cerrando su casa se marchó completamente solo á Westonia. Aquel rey iba á su reino de incógnito y ningún subdito le esperaba. Una vez posesionado de sus dominios, Harry Smithson despidió á los cu, stodios de Westonia, instaló su laboratorio en el teatro, y encerrándose en él dejó la ciudad en poder de las brisas del Oeste, que pasando raudas sobre su ahijada, silbaban en las calles desiertas, se filtraban por los balcones cerrados, y al alejarse, encorvando los árboles de las selvas cercanas, arrastraban entre sus remolinos guedejas de humo violáceo arrancado al penacho que temblaba constante sobre el laboratorio. De la ebullición de los más diversos cuerpos nacía aquel humo. En inmensos matraces, en panzudas redomas, en alambiques, en hornillos, hervían líquidos extraños, que pasaban de unos en otros, cambiando de color y de densidad. En un rincón del escenario zumbaba una rueda dentada, y la tira de una correa sin fin se perdía en la alta sombra de las bambalinas, mientras las barras de cristal de un aparato eléctrico lucían en la orquesta, y junto á la concha, una mesa sustentaba infinidad de cajitas vienas de tornillos, tuercas, clavos, goznes, ruedecillas, muelles y otros herrajes menudos. Y vigilando