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C lEMPRE que la gente se j u n t a para divertirse ó entristecerse- -declaró Piedad Valtierra á su grande amiga ¿idia I a Illana- -me entran ganas á mí de hacer todo lo contrario. -Es que tú eres así: ¡muy excéntrical- -contestó lyidia, -que tiene por costumbre vivir perpetuamente escandalizada, (con un escandalizamiento manso, remilgado, de gata pulcra) de cuanto ve y oye. ¡Mira que eres excéntrica tú! Ni una miss solterona. -Ahí verás... -niunnuró Piedad, encantada de que la calificasen de excéntrica. -No lo puedo remediar; es de esas cosas que se llevan en la masa de la sangre ¿entiendes, hija mía? A ti se te ocurre que la humanidad está cortada por un patrón, á máquina. Y á mí no se me antoja; me subleva que me recorten á la medida de los demás. ¡Vayal- -Pero si nadie te recorta ni deja de recortarte, mujer... Si es que no tienes paz ni con los guardacantones. Vamos, que en un entierro, bailarías el cake walk. -A los entierros... es que no voy, pero hija, en los duelos... ¿Hay farsa más estúpida que un duelo? Sube la gente, vestida de negro sin gana, á una sala á media luz, poniendo cara de tristeza que no siente. Bájala voz, ¡chu, chu, chu! como si el muerto fuese á despertarse porque uno hable naturalmente... ¡Y por eso será... ¡I as viudas recelarán que al ruido el difunto levanta la cabeza! ¡Disparatadora! -exclamó Lidia risueña, con púdico mohín. -Anda, que el otro día, en el duelo de Artías del Valle... para ponerme en situación... para no entrar abriendo las ventanas y gritando- -venga té, venga claret, vengan emparedados, y á divertirnos, ¡necesité violentarme! Figúrate: allí Pepín Barquera, muy compungido, á dos pasos de la viudita... Debí chillarle: Consuélala, cena á obscuras, que costumbre tienes... ¡Qué atrocidad! ¡Jesús! ¡Sí que es atrocidad consolar á Genara Artías! ¡Se h a puesto muy espárrago, m u y lamida, más escuchimizada! -repuso Piedad afectando no entender el sentido. de la exclamación. -Pues la última vez que la vi emperejilada, en casa de Almanza, bien guapa me pareció... ¿Te acuerdas? Tú estuviste también aquella noche. Yo me retiré tempranísimo. Por cierto que me contaron... ¡Bah! Ya, ya adivino lo que te contarían. ¡Sí fué una cosa que dio que hablar un mes... ¡un mes! ¡aquí que nada dura! ¿Crees tú quien produjo tanto efecto? ¡Vaya! Y es un fastidio. Cuando se ponen á hablar, nunca se sale ganando. Si se pudiese vivir... ¿En el yermo? ¿en la Trapa? -jQuiá! ¡al contrario! Muy, muy en sociedad; es donde mejor se esconde uno... y envueltito, cubierto por la corrección y la insignificancia aparente más absolutas... haciendo lo que todos, lo que cualquiera, lo natural, lo sencillo... Piedad mía, ¿no conoces que esto es hasta de buen gusto? Eo otro á mi me suena á noticierismo para los periódicos. ¡Puah! Piedad reflexionó un segundo, aunque no fuese la reflexión su actitud predilecta; y serios de pronto sus ojos negros pestafludos, seria su boca nerviosa, herida roja abierta por el dedo de la alegría, respondió pausadamente: -Eo que hice aquella noche en casa de Almanza... fué un pronto; pero antojo tenía de hacerlo desde que voy á reuniones. Se me había clavado aquí, aquí; no pienses que yo salto á la ligera; no soy tan estrafalaria... es decir, no soy estrafalaria por ser estrafalaria solamente. Algo m e impulsa; y quién sabe si ese algo no es algo muy bueno. Sólo que no me entienden; á ratos, ni me entiendo yo misma. ¿Me entenderás tú? Ya que h a salido á colación lo de Almanza, te lo referiré con pelos y señales, y serás juez de mi conducta. ¡Atención! Entramos en un sarao... y la mayor parte ó casi todos, sólo se preocupan de los demás: si Fulana está así, Mengana de la otra manera. Yo no: tengo la manía de fijarme en pequeneces, en lo que nadie repara. Tal observación me entretiene cien veces más que los trajes y los amorío. s, y los piques y las intrigas. ¿Por qué han cambiado de sitio tal mueble? ¿A qué razón obedecen las idas y venidas y as ojeadas confidenciales de los dueños de la casa? ¿Por qué un criado cuchichea con otro en tin rin-