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Y todos aplaudimos contentos; por fin, comenzábamos á divertirnos. Aquella manera de cantar, bien valia los sufrimientos anteriores. Julito era otro. Abierta la brecha, continuó Paquiyo, diestramente acompañado por el del mango: Una nochesita e luna he visto ar sepurturero cavando mi sefurUira. Descartada la oportunidad de la copla, á todos nos pareció muy bien. ¡Ole! ¡ole! A esta serrana la quiero; que se ye- va de su gitsto no se yeva der dinero. ¡Ole y más ole! Vino, alegría, buen humor, satisfacción en todas las caras. La fiesta, indudablemente, marchaba ya. Eran las doce y media... y sereno. Y una copla tras otra, sin tregua ni descanso, se llevó Paquiyo cantando cerca de una liora, hasta que le pedimos que descansara... para descansar nosotrQS también. El guitarrista se despegó entonces de los labios aquello que llevaba, y todos pudimos ver que era puro y no mango, como maliciosamente se había supue. sto. III- Bueno, y ahora ¿quién canta? -preguntó un indiscreto. -Porque no ha de hacer el gasto Paquiyo sólo. ¡Que cante Pepe! ¡Eso es, sí, que cante Pepe! ¿Queréis callarse? -saltó Pepe, que estaba rabiando por cancar. -Después del órgano de la Catedral, ¿vais á resistir mi matraca? -Sí, hombre; unos tanguillos. La cuestión es pasar la noche. Y cantó Pepe- ¡cómo no! Y después de Pepe, cantó uno llamado Martínez, el cual necesitaba, según él, -nvucha bebía para soltarse. Y después de Martínez, tornó á cantar Paquiyo. Y después, Pepe segunda vez. Y después, Martínez. Y ya no se gritaba ¡ole! más que para sacudir el sueño. A Julito le dolía la espina dorsal, y le pesaban los ojos, y le pesaba la cabeza, y le pesaba haber nacido. Se hizo un silencio lúgubre. Si alguien lo sabe aprovechar y dice: vamonos nos vamos á la calle inmediatamente. Pero nadie osó tal. Allí, por lo visto, debíamos morir todos. Las caras estaban lívidas del vino y de la mala noche. De pronto, un señor castizo que se había colado á la mitad, de estos que gozan fama de haber sido ruiseñores en su juventud, se decidió á cantar á instancias de un su admirador soñoliento. -Ande usté, don José; cuatro coplas. -Yo estoy yá retirao der toreo. He queao pa las noviyaiyas, y esta es una corría forma. -Aunque no sean más que cuatro coplas. Julito, entérese usté de esto. Y se arrancó el señor, previa una frase que él estimaba chiste: -V a m o s á v é si m e rejuvenusco. No se rejuveneció, pero nos la dio buena. Tenía menos voz que una puerta que chilla, y todo lo que le faltaba de voz le sobraba de presunción y de cuerda. Empezó y no sabía dejarlo. ¡La cara! ¡la cara! H a y que verle la cara- -decía á cada paso su admirador, que estaba hecho una uva. Y cuando había soltado sobre setenta y siete coplas nuestro héroe, y el que más y el que menos pensaba ya en un cura para bien morir, oímos al propio admirador que nos advertía, deseoso de significar que aún sabía hacer más primores aquel asesino: ¡Toavía no ha empesao á canta! ¡Es mucho tío éste! Lo miramos con odio, que él no advirtió por de contado, y á las doscientas nueve coplas, seguidilla más ó menos, exclamó con una seriedad inverosímil: -Ahora, ahora empiesa á canta. ¡Qué tío! Julito yacía en un rincón; otro infeliz echaba el alma detrás d e una puerta; el de más allá le pedía á Dios un rayo que matara á aquel hombre. Tibio resplandor, penetrando por los cristales de las ventanas, nos hizo ver que j- a amanecía. Cogimos entre seis al semi- cadáver de Julito para conducirlo á nu casa, M salir llovía á cántaro. y Bo teníamos paraguas ni había un solo coche en cuatro leguas á la redonda. Era inevitable aguar 1 vino. Mientras viva Julito, se acordará de las cuatro coplas S. y J. Ai. VAREZ QUINTERO DIBUJOS DE ALBEKTJ