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4 i tW V- cida. Pero la muchacha tenía toda su alma puesta en la mirada y ésta en la curva de la vía, allá, á lo lejos, punto del que no la separaba sino para dirigirla con i a viveza de un relámpago hacia el grupo formado por la anciana y el pequeñuelo. También Adelaida vio al rapaz en brazos de su a b u e l a Así estarían tal vez en aquel instante su hijo del alma y la santa madre que la dio vida, esperándola- hambrientos en la desmantelada bohardilla de donde habían sido despedidos por no poder satisfacer el mezquino alquiler que adeudaban. Sólo que ellos la esperarían llorosos y tristes, mientras aquella otra anciana y su robusto y sonriente netezuelo mostraban su dicha, allí, al aire libre, en plena naturaleza, con la paz del alma retratada en sus semblantes. Apareció la locomotora y tras de ella los primeros carruajes del convoy, y Adelaida aproximóse algunos pasos á la vía, tratando de aparentar una curiosidad que no podía engañar á nadie. Ya iba á tener fin su malhadada vida y con ella aquel martirio insoportable. ¡Vivir! ¿Vivir para padecer? ¿Para ser víctima eterna de las injusticias sociales, de la maldad, del egoísmo de todos? Tal vida no merecía ser vivida. Habíallegado la hora suprema de la paz, del descanso. Un minuto de tiempo y dos pasos más hacia os carriles la separaban de la muerte, durante tantas horas acariciada por su pensamiento. Y ya la veía, ya la sentía, sin pesar, sin miedo. En aquel momento borróse de la mente de Adelaida todo cuanto la ligaba á la vida: ni se acordaba de su hijo, ni de su madre, ni sentía las crueles punzadas del hambre, ni las aún más crueles del dolor moral. El tren avanzaba con rapidez vertiginosa... Llegaba el trance supremo... Adelaida avanzó otro paso. Mas, en aquel punto, el hijo d é l a guardesa deslizóse de su asiento, queriendo sin duda dar la vuelta asustado por el estruendoso resoplido de la máquina, y su madre, viendo un peligro que en realidad no existía, no fué dueña de contener un grito de terror. ¡Madre! ¡Mi hijo! Adelaida retrocedió al oir á su lado aquella voz llena de angustia, y retrocedió cuando la locomotora pasaba ante ella arrojando bocanadas de vapor por las válvulas y haciendo trepidar el suelo. ¡Madre! ¡Mi hijo! -repitió el cerebro de la suicida, sin dar sentido ni significación al pronto á tales palabras, pero luego repitiéndolas todas las fibras nerviosas hasta despertarla á la vida real. ¿Oué sintió entonces Adelaida? Ñ o habría sabido explicarlo: primero una angustia de muerte, luego un ansia loca por ver á los seres que ella había olvidado, después una necesidad imperiosa, invencible, de llorar. Retrocedió aún más. El expreso alejóse. La guardabarrera abatió el banderín verde y fijó sus espantados ojos en la puerta de la caseta, allí donde nieto y abuela la esperaban riendo. Y Adelaida, buscando sostén en la barrera más próxima, apoyóse en el enrejado de madera y rom. oió á llorar, exhalando á la vez aves v sollozos sin cuento. PEDRO J SOLAS