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t 3 V 4 í li V L. I -f f 1 r í -u t í 1 1 4 r í I -i i 1 1 El paso á nivel iNGÚN lugar más á propósito que aquel paso á nivel. I a vía férrea atravesaba el bosque, formando un rompimiento al cruzarse con la carretera, no muy amplio, pero sí lo suficiente para que desde su caseta pudiese ver el guardabarrera los lejanos puntos en que por uno y otro lado la vía iba á ocultarse siguiendo la gran c urva del terreno. A la puerta de la casa del guarda hallábase sentada una anciana, á cuyos pies, haciendo montoncitos de arena, estaba un pequeñuelo, su nieto, el hijo de una muchacha frescachona y robusta que en aquel momento salía de la solitaria vivienda, llevando en la diestra arrollado un banderín de señales. De un momento á otro debía pasar el expreso, y la muchacha tenía que ocupar el puesto de su padre, que se hallaba entonces limpiando la vía en la revuelta de ésta, allá por la derecha, á lo lejos. -Madre, ¡cuidado con el niño, que va á llegar el tren! -advirtió la joven. ¡Ven; ven, hijo! -dijo la anciana deteniendo al pequeño. -Luego formarás más montoncitos, porque ahora va á pasar el diablo soplando ¡fu, fu, fu! y si no estás á mi lado te hará pupa. ¡Fu, fu, fu! -repitió el chiquillo remedando á la anciana. ¡Sí, hijo mío; sí! Sopla y bufa, y se lleva á los niños que no están al lado de su abuelita. ¡Fu, fu, fu! El ijiño precipitóse riendo hacia la viejecita, y ésta recibióle amorosa entre sus brazos, sin dejar de repetir ¡fu, fu, ful E n tanto, la mocetona se dirigió á uno y á otro lado de la vía para cerrar el paso del camino con las dos barreras correspondientes, á tiempo que dejóse oír á lo lejos el ronco silbido de una locomotora. ¿Oyes? jYa viene el diablo! -expresó la anciana levantando en alto á su nieto y sentándole sobre sus piernas. El chiquitín, que no habría cumplido aún los cuatro años, pasó un bracito tras del cuello de su abuela, y aplicando á su boquita la mano cerrada que le quedaba libre, á modo de bocina, siguió soplando con todas sus fuerzas ¡fu, fu, fu! Adelaida, que había llegado por el lado de la ciudad sin reparar en que la guardesa acababa de cerrar la barrera de enfrente, dispúsose á pasar sobre la vía. ¡No se puede pasar, señora! Está ya el tren encima, -advirtióle la mocetona. -Bueno... esperaré, -contestó Adelaida. Sí; ningún lugar más á propósito que aquél para realizar sus designios. Porque Adelaida iba resuelta á poner término á su amarga vida, falta de toda esperanza, vencida en el diario combate por la existencia, abrumada por el dolor, harta de padecer, desfallecida, hambrienta. Y al oír el lejano silbido de la locomotora frunció sus labios con desdeñosa expresión, á la vez que sus ojos hermosísimos, pero apagados, sin fuego, dirigían una mirada á lo largo de la vía, hacia donde debería aparecer el expreso. Su edad no excedería de los veinticinco años, pero representaba tener muchos más. Pálida, muy pálida, trasojada, con los pómulos muy salientes, con la boca contraída, cejijunta, revelaba la horrenda pena, la negra desesperación que la dominaba. Si la guardabarrera, que ya se había situado ante Adelaida, cerca de los raíles, sosteniendo con firme