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BLASCO IBAÑEZ EN SU ESTUDIO T H N la playa de la Malvarrosa, teniendo al alcance de la mano el ca serio morisco de la riente Valencia y enfrente la azul extensión del Mar latino, cuyas blandas olas arrullan sin amagar tormenta y son caricia del oído y reposo del alma, vive y escribe el popular novelista, el resuelto y agresivo luchador, en una casita caldeada por el sol de llevante, que enardece los amores é inflama los odios, pinta de cobalto el cielo y de ocre la arena. La personalidad literaria de Blasco Ibáñez no es de las que se aceptan mansamente y sin discusión: su temperamento se nos impone como una luz muy fuerte, como un olor muy penetrante. Su trabajo no es el de un orfebre cachazudo, sino el de u n forjador musculoso que tuerce el hierro á fuerza de puños y de fuego. Por eso en él resulta natural y equilibrado lo que nos parecería improcedente y estrambótico en otro escritor menos sanguíneo. Ejemplo de ello vemos en su último libro La Catedral. A los maliciosos les bastó ver el titulo para pensar que en esa novela habían dé verse reflejos de otra de- Huysmans ó del famoso Etisueño, de Zola. Pero quien conoce bien á Blasco Ibáñez no podía aceptar semejante doblegamiento de su vigorosa personalidad. La Catedral, en efecto, es obra puramente española, y en ella se presenta uno de los aspectos más interesantes del asunto que hoy más preocupa á novelistas y dramaturgos, de la invasión, entrometimiento ó como quiera llamársele de la España nueva en la Kspaña vieja: más aún que esto, de la penetración de las nuevas ideas en los más formidables y mejor defendidos albergues de los ideales de antaño. Y esto se ha escrito en esa celda de benedictino inundada de sol mediterráneo. irOT. BAKBEKÁ MASir í 4