Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-y algo más. Eso lo sabemos todos los que vivimos en los museos. Pero no lo decimos á n i n g ú n extraño. Nos costaría la vida. -Y ¿yo soy algún extraño, di? ¡Yo, que no tengo más mundo que éste! Habla, ó te mato. Le obligué, le forcé, le violenté un poco... y al cabo convinimos en que yo pasaría la noche del sábado dentro del Museo. Allí vería cosas... Usted conoce nuestro gran Museo, ¿verdad? Bien; pues imagínese que yo andaba haciendo centinelai en el primer salón, el largo, cuando una extraña claridad, un resplandor rojizo fué iluminando los malditos lienzos; salía el resplandor de aquella divina sala que está á mano izquierda. ¡Cielos! -pensé- ¡los Velázquez que se queman! Y grité, y pedí auxilio, y me entré para allá dispuesto á morir abrasado en la más opulenta hoguera que verían los siglos. ¿üabe usted de dónde venia el fuego? Pues de la fragua de Vulcano. Los herreros daban de verdad en el pedazo rojo de armadura; saltaban chispas, bufaba el horno, resplandecía el yunque... En tanto, el dios cantaba una estrofa que yo no entendía, pero que despertaba al rígido mundo de la pintura. fe F S yi H Enionces vi maravillas increíbles: las meninas saltaron al suelo hacienao reverencias, para cuipezai ana pausada contradanza que bailaron con los bufones, en tanto qne el rey D. Felipe, el príncipe Baltasar y el Conde- Duque galopaban arrogantemente alrededor de la sala, como en un circo. Recuerdo que los caballos me salpicaron de espuma... Los bravos soldados que rindieron á Breda arrinconaron las lanzas, y todo el Tercio se desparramó por los salones. A poco oí los gritos de las soberbias matronas italianas y holandesas perseguidas por aquellos demonios. Huí al salón, lleno dé espanto, y vi á los fusilados de Goya, las víctimas del Das de Mayo, venir á colocarse arrodillados bajo la puntería de los fusiles franceses, delante de la familia entera de Carlos IV. Vociferaban, increpaban, rnaldecían... y vi á Fernando VII más pálido que la muerte y á Garlitos Isidro escondiéndose entre las faldas de María Luisa... Toda aquella familia temblaba oyendo rugir álos fusilados. Enfrente, la familia de Felipe V bailaba un minué precioso, acabado de llegar de Versalles Graves caballeros engolados y erguidos por el Greco, paseaban la antigua altivez de la raza por aquellos- salones. Fúnebre, exangüe, frío como un témpano con ojgs azulados, paseaba también Felipe II, con su pobre ropilla de paño, con su negra capa casi mugrienta, con su toisón minúsculo pendientede un cordón de lana, con su rosario resobado y su sombrerete parecido al molde de un flan, tal como le retrató Pantója. No oía, no escuchaba, no se apercibía de aquel magnífico aquelarre. Los santos, los mártires, le llamaban desde sus bárbaros suplicios: los frailes, los ascetas, los Padres d é l a Iglesia, las santas piadosas le llamaban también como en vida moital, y él no atendía, no miraba, no parecía vivir sino para, contemplar con todo su cuerpo y toda su alma la figura valentísima de un guerrero, erguido sobre el alazán, cubierto el pecho con la áurea coraza milanesa, la frente con el casco de esmaltado acero, 1 lanza en ristre, los ojos ardientes, la actitud imperial y dominadoraEra el Carlos V de Tiziano, que parecía venir á posesionarse de su imperio. La legión pagana, la legión desnuda, fué á reconfortarse en los banquetes flamencos. Dioses, ninfas. aniores, héroes, cayeron sobre los lienzos holandeses incitantes y magníficos. Toda la suculenta vola-