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imsmi -t- ta y. 4 p- níf Á ir. Sí- r j A. LA üGHE DEL SÁBADO F u É en el último rincón de la cervecería, entre el mostrador y la tabla de anuncios, donde el buen señor se confesó conmigo. Aquello, realmente, parece un confesionario... ¿Cómo vino rodando el tema hasta caer en... ¡Ah! ya recuerdo. -Con permiso de usted, -me dijo haciendo una reverencia del antiguo régimen, y se sentó en la mesa, enfrente de mí. ¿Usted fuma? -me preguntó poco después. Y como la respuesta fué afirmativa, dijo con tono desolado, algo teatral: ¡Qué lástima! No traigo habanos; mis habanos son excelentes, y quería ofrecérselos á usted. ¿Podría usted darme un cigarro cualquiera? Así empezó el coloquio. -U. sted habrá oído hablar de mí, porque yo fui artista famoso en mi tiempo. ¿Artista dramático? -No; artista pintor. Yo soy... (aquí un nombre que no despertó ningún recuerdo) -Sí, señor. Algo oí hablar... pero su aspecto más parece de militar retirado q u e de pintor. -No adelantemos los sucesos. Aquel no adelantemos los sucesos dicho tan espontáneamente en pleno siglo xx, me indicó la talla interna del personaje. Venía del tiempo de nuestros grandes novelistas por entregas. -Voy á confiar á usted cosas interesantes; pero ante todo, ¿usted cree que las cosas pintadas tienen alma? Porque si no lo cree, no digo esta boca es mía. ¡Y cómo, si lo creo! Quizá no tengan otra cosa. -Pues entonces, oiga usted. Es un vejezuelo que anda mucho por ahí; menudo de cuerpo, encorvado y muy saludador; usabigotillo triangular y luchana á lo Espartero, discretamente ennegrecidos; por lo común, abrigo claro y siempre sombrero de copa, moda de 1885. -Yo me pasé lo mejor de mi vida copiando obras maestras. Primero fué por humildad: quería aprender; más tarde, por soberbia: quería igualar; luego, por precaución: quería librar á la obra de una posible desaparición por accidente. Un incendio, un desplome, un robo, un victorioso ataque de la polilla, de los roedores, de la misma humedad, del extremado calor... Todo cuadró de mérito sobresaliente- -decía yo- -debe de tener preparado el sustituto. Así la obra no perece, ya que el mundo tiene derecho á la obra. Me preparé largamente; estudié, indagué, sondeé los secretos de la técnica y el carácter de las escuelas; buceé un poco en el genio de los grandes y solos, de los libres y huraños... Media vida la pasé estudiando. Cuando me juzgué coa aptitud, emprendí el trabajo; días, meses, años viví dentro del Museo, y mientras había luz no descansaba. ¿Y sabe usted lo que sucedía? Que al acabar una copia esmerada, cuidada al por menor, ajustíida con exquisita fidelidad hasta en los matices de la luz y en el color de la vejez, los inteligentes me decían: -Eso es m u y bueno, pero le falta el alma. Entonces yo lo miraba bien, y perfectamente convencido, respondía: -Es verdad: ¡aquí falta el alma! ¡Qué desesperación! Buscando eso, yo conocía que me iba faltando algo por dentro... quizá lo que trataba de buscar por fuera. En fin, un día tiré los pinceles, la paleta y el tiento, y estuve á punto de ahorcarme delante de un Velázquez. -Oye, tú- -le dije al celador más viejo, del Museo: ¿tú sabes si estos endemoniados lienzos tienen alma? -Sí. ¿La tienen?