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leclio, dormido, da grandes gritos de angustia, que hienden ululando nocturnamente la tácita m a n sión, y se entremezclan al mugido perenne del mar turbulento. D. Rafael los oye sobrecogido, poseído, de temblor, y llora; llora grandes lágrimas calientes que le surcan el- rostro, senil, y suspira ahogadamente, tapando su boca consagrada con el embozo. ¡Su sobrino se vuelve idiota ó loco! Ve cómo el: mal va conquistando aquel cuerpo de atleta desbarbado, y quiere defenderlo. Uévale por parajes amenos y lejanos. Habíale de curiosas aventuras, cuéntale pretéritas historias; mas no logra su voz paternal y caduca despertar destellos inteligentes en la pupila gris, muerta. Un día vuelven de paseo, ya anochecido. La calle estrecha está á obscuras. El pueblo calla. La mar muge. Hechos á las tinieblas, marchan seguros, los dos á la par, sin vacilaciones. Llegan á la casa; en la puerta bay como un muro negro; lo fingen las- lobregueces del zaguán, espesas, compactas. Depronto Florencio, abalanzándose sobre D. Rafael, lo empuña por el cuello, -pronto á estrangularlo. Este, milagrosamente, logra desasirse de la mano musculosa, con presteza felina salta hacia atrás y cierra. la puerta, que es de castaño, dejando fuera á su sobrino. Florencio arremete con sus hombros fornidos contra ella, ruge como una fiera, redobla los ataques, rudos, ciclópeos. La puerta no cede: es recia y tiene una tranca de hierro que el tío Rafael ha echado. El sacerdote llora, piensa que quizá fuera mejot M: K f 2 -5 dejarse matar por Florencio á verle así. Lo llama cariñosamente á través de la puerta, y sólo oye los. golpes rítmicos, como de ariete, que repercuten en el zaguán. Entonces atraviesa la casa, sale por el muelle y busca cuatro marinos forzudos, que sujetan al furioso. Suenan unas campanadas melancólicas, c ue vibran quejándose. Es la hora del rosario. Las mujerucas enlutadas, insignificantes y misérrimas, se deslizan por las calles como sombras calladas. Algunas pasan por delante de la casa de D. Rafael á tiempo que Florencio descarga su furia sobre la puerta inconmovible. Este las ve y se precipita sobre ellas; coge á una, la patea, la magulla y ríe bárbaramente; en tanto, la mujeruca lanza chillidos agudos y sus compañeras se desparraman corriendo, comamurciélagos á ras de tierra. Los cuatro marineros qiie D. Rafael hubiera encontrado, corren al oir los. gritos y salvan á la piadosa mujer, que se plañe, lastimera. Sujetan á Florencio y lo amarran fuertemente, hasta dejarlo como un fardo que aulla. El médico del pueblo, D. Félix, ha acudido; lo reconoce, y dice que está loco de remate. Es necesario llevarle al manicomio provincial. D. Rafael se opone; el médico envía por un. carricoche; mete en él al loco, y lo encomienda á un mozo para que lo cónduzca á la capital. Cuando el sacerdote se entera, ha partido ya Florencio; su corazón se desgarra de dolor. Vuelve á su casa, sube á s u bohardilla. La luna, sobre un cielo límpido, vierte la urna de su luz pálida, tenue, 3 entrando por la. galena, dibuja en el pavimento cuadros de plata. El telescopio yergue su silueta sobre los haces luminosos, propicio á toda suerte de observaciones siderales. Acércase á él Vaquíp y mira al azar, adonde le señala aquel misterioso dedo de oro. Mira y no ve nada. Los vidrios están sucios. Los limpia. Vuelve á mirar. El cielo está turbio; las estrellas se quiebran, como reflejadas en agua movible que las- rompe. D. Rafael tiene los ojos empanados, llenos de lágrimas. r. insUJOÍi DE NFAÜTINE AH. DEÍ. RAMÓys PÉREZ D E AVALA.