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T í o RAFAEL DE VAQUIN j r o N Rafael es saceraoíe independiente; no recibe congrua alguna del Estado. Vive de sus rentas harto flojas en verdad, y dice- -sin remuneración, caritativamente- -la misa de alba los domino- os para los pescadores de La Villa. I, a Villa es un pueblecito costero del Cantábrico; asiéntase en una leno- üeta rocosa, á modo de cabo, que mar adentro avanza. Todas sus casas son mezquinas, sucias- -la hmnedad salitrosa las veló de pátina, -y mojan sus pies en el agua verde, vieja, amar a, turbulenta A extremo del pueblo, sobre una pradera pelada, asiéntase la iglesia, que tiene un clibildo con toscas columnas de granito desgastadas y una torre recia, cuadrangular, chaparra, triste y sin cio- üeñas D Rafael que es tío mío, pasea siempre en redor de la iglesia; en la pradera, si el día es asoleado: en el cabildo, si el día es lluvioso. No pasea con el párroco ni con el coadjutor; pasea siempre con un primo mío llamado Florencio, como yo. Es mozarrón atlético v desgarbado; sus movimientos al andason torpes, inseguros; parece tropezar á cada paso. Tiene la cara á medio modelar, angulosa, esquinada, con ligeros tonos cárdenos en las mejillas enjutas, con velaturas azuladas en el bigote y en ei mentón, siempre rasurados. La boca se entreabre con mueca de ingenuidad. En los ojos grandes, deslumhrados, la pupila, rodeada de blanco, está quieta y perdida, con un color gris de agua muerta é intransparente, avezada á mirar el cielo de color de plomo. Mi tío Rafael debe de aina r mucho á su sobrino. Es luio de un hermano suyo, capitán de fragata, muerto en un naufragio: era un pundonoroso marino; murió heroicamente, sublime de grandeza trágica, y el sacerdote recogió al huérfano. A todas horas s e l e s ve juntos: casi siempre mudos, peripatéticamente extraños; y cuando habla Florencio da grandes voces, voces huecas de hombre que vive al lado del mar, porque el tío Rafael está sordo. Mi tío vive en unacasuca de su propiedad, que tiene dos pisos, una bohardilla y dos fachadas; la principal cae á la calle de la Riba; la trasera sale al muelle. En la bohardilla está su despacho y oratorio, todo en una pieza. La estancia es amplia, cuadrangular, con las paredes enjalbegadas de blanco, y el cielo raso, con vigas pintadas de añil. En uno de los testeros hay una estantería de pino atestada de hbrotes, pergaminos, papeles; treinta tomos en una ringla, forrados de vacarí, trazan una pincelada pardtizca: es la Historia Natural de Bufón; una nota roja desentona del conjunto amarillento: es una edición de la Biblia con lomo carmesí, de velludo. En el frente extiéndese un retablo barroco, cuj- os relieves muestran su rojez, ya desgastado el pan de oro. Ante este altar dice su misa diaria él buen sacerdote, aj- udado por Florencio, solos siempre, como en un tabernáculo, sin que el leve musitar de las beatas ni el monótono y silbante bisbiseo de los marinos les distraiga de la simbólica liturgia. Es un culto misterioso y recatado, lento, solemne, en que hay arrobos y transportes nií. sticos, á las veces. Una galería de vidrios verdosos, casi opacos, corre á lo largo de uno de los muros, y un telescopio dorado y de poco precio yérguese propicio á todo género de observaciones siderales. Mi tío dice entender de astronomía. Conocíle un tiempo preocupado, abstraído; trataba de poner su reloj en hora por Capricornio. Desde la galería otéase el muelle y buen trecho de marina y paisaje. Al atardecer, muchos días, tío y sobrino aguardan la vuelta de las lanchas pescadoras y miran distraídos la descarga del bonito. En más de una ocasión han tenido que retirarse abandonando el dulce espectáculo crepuscular porque los marineros de La Villa no son como los que aparecen en las novelas. Estos son gentes tristonas, sobrias, temerosos del Dios dominador de los temporales. iVquéllos, por el contrario, son gárrulos, bebedores y blasfemos. Acompañan su trabajo de imprecaciones horrible: de palabrotas soeces, brutales, tan brutales, que subiendo á la bohardilla de Vaquín le perforan los oídos como si fuesen de acero, y él se retira horrorizado con su sobrino, cuyos ojos brumosos, cuva boca entreabierta no revelan sensación alguna. D. Rafael ha visto esta extraña pasividad de Florencio, que aumenta de día en día. Florencio no oj- e, está distraído, profundamente distraído. Su pupila permanece perdida, intransparente, cenagosa, pero los ojos se han abierto más en redondo, y el blanco de aquellos ojos espantosamente abiertos tiene brillo temeroso y amenazador. A D. Rafael le parece que su sobrino se ya tornando idiota ó loco, porque á veces tiene inesperadas violencias, sobresaltos de pavura, y en su