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Mas llegado el Sábado Santo, excitado el entusiasmo de Benita, por la privación de los dos días anteriores, no esperaba á que llegase la noche para recrearse contemplando sus riquezas, y el sol prima eral, al morir en el cielo rayado por el volar de las primeras golondrinas, quebraba sus últimas luces en las facetas de las vinajeras, en la pulida planicie de la patena, en la menuda labor del cáliz. Todos dispuestos sobre la mesa, frente á la ventana, recibían homenaje deka. stro moribundo, mientras en el aire contestábanse unas á otras las campanas que rodaban alocadamente en espadañas y torres, cantando la eterna resurrección. Lat tristezas de los días de duelo, el luctuoso implorar de los labios, la angustia opresora, la desnude de los altares velados, todo huyó, y sólo quedaba una alegría triunfante y serena que llenaba el alma de Benita, hasta rebosar y caer sobre el mundo entei- o en forma de sonrisas, de afee tuosos saludos de amigable c o n d e s cendencia. Al regresar aquella tarde á su casa, habió con cuanto conocido hallaba á su paso, escuchó historias indiferentes, retrasando por una voluptuosidad refinada el i n s t a n t e d i c h o s o en que contemplaría su tesoro. Al fin llegó á su casa, se encontró delante del armario. Sin abrirlo, disp u s o p r i m e r o la mesa, abrió la vento na por donde pen e t r ó la gloriosa agonía del sol, ens a n g r e n t a n d o el cuarto, lluego cogió la llave; la introdujo con cuidado en la cerradura, y apo 3- óse s o b r e ella para darle vuelta, pero antes de q u e girase, el batiente se a b r i ó despacio, con agrio rechina: de goznes. El c o r a z ó n de Benita dio un vuelco. Estaba segura d e haber cerrado la noche del Miércoles Santo. Aten a d a por la presciencia de una catástrofe, se abalanzó sobre las pilas de ropa blanca, destruyó su arquitectura, hizo rodar por el suelo las amarillas pomas aromáticas, mientras sus dedos de vieja, afilados y secos, huroneabaa por el fondo del mueble, escurriéndose nerviosos todo el largo de las tablillas, sin encontrar más que los frasquitos de las vinajeras. Con ellos en la mano, Benita se asomó á la ventana clamando: Ladrones, ladrones! Pero el estruendo de las campanas ahogó su voz, trémula de pena, húmeda de sollozos. ¡Ladrones! repitió y a más bajo, tímidamente, mientras el campaneo seguía esparciendo sobre los tejados sus ráfagas vibrantes y alegres. ¡Ladrones! murmuró por tercera vez comprendiendo la inutilidad de su queja. ¿Cómo, cuando se cometió el crim. en? Y la vieja se preguntaba si aquel suceso no era castigo divino por haber con. servado lo que en rigor no le pertenecía. La conciencia triunfadora repetía los consejos desoídos, á la vez que el recuerdo evocaba cuanto debió decir D. Gil, quien seguramente no llamaría ya á Benita santa ni emperatriz. Abrumada por el pesar, cavó en una silla. Lentas lágrimas descendieron de sus ojos. No pasmaría, i: o, á D. Gil; no admiraría ¡ay! los primores del cáliz, la tersura de la patena, la arácnea labor de las vinaieras. De su tesoro perdido, sólo quedaban como recuerdo aquellos botecitos de cristal, inútiles jug úetes qué los ladrones despreciaron. Benita los contempló, y mientras los besaba llera de dolor, llorando su ilusión muerta, algunas lá grimas cayeron dentro de los jarros, y otras, bañándolos con su agua, los abrillantaron y los hicieroa arder en el último ravo del sol. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS UIIIUJOS DE MZ NOE nnlNG.