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B e n i t a suBi óí los escalones des. i sotabanco co. i agilidad juveniU y ya arriba caj- ó jadeante en u n a silla, desenvolvió el cáliz y quedósele mirando, tau a b s o r t a y s u s p e n s a qne salvo e 1 fulgor de los ojos extasiados p a r e c í a una estatua de la Fe. Luego que salió de su arrobo llegóse al arm a r i o extrajo un guante visado y un viejo cepillo de dientes, y sentándose j u u to á la mesa empezó á limpiar el cáliz. ¡Virgen Santísima, qué sucio estabal I a tersura de la copa sa había empañado á t r e c l i o s con g r a n d e s manchas amarillentas que velaban el baño de plata. Los adornos del pie y de la base, simbólicos atrib u t o s estatuillas, cabezas aladas de ángeles, escondían su labor bajo múltiples c a p a s de polvo y do herrumbre. Q u é pena, qué sacrilegio- -pensaba Benita mientras encorvada sobre la mesa le daba al cepillo y extraía aquellos primores de su prematura tumba; -parece mentira que liaya gentes tan remalas. iA 3 Dios mío, cuan grande es tu mansedumbre; Pero aquella tristeza se iba calmando con la contemplación de los santos, ángeles y símbolos que emergían de sus sepulcros, y la vieja admiraba la brillantez de las vestiduras, los rostros luminosos llenos de unción y de beatitud. Benita, fatigada de tanto frotar, respiraba anhelosa y gruesas gotas de sudor nacían en su piel luciente, mientras los ojos brillaban llenos de júbilo y las manos ágiles, pulían incansablemente con el guante la copa enmohecida, alnioíiazaban el pie con el cepillo, haciendo entrarlas cerdas ralas y débiles por los intersticios, oquedades, revueltas y laberintos del metal labrado. Al fin dio su labor por terminada. Recreóse un momento ante el reverberar fulgente de la luz que resbalaba por el cáliz limpio, y después cubrió con un lienzo blanco la mesa; colocó reverente en ella l redimido cáliz; extrajo de su escondrijo la patena, las vinajeras, y colocando aquélla sobre la copa y éstas á un lado, juntó las manos y rezó, creyendo en la candidez de su alma sencilla que Dios morab a en su casa. Luego, á esta satisfacción egoísta se juntaron otras más generosas, y Benita pensó en él pasmo del padre Gil, su confesor, cuando supiese que aquel tesoro lo destinaba la vieja al mísero oratorio de la Virgen del Espino, cuj- a rectoría ocupaba el sacerdote. ¡Qué alegrón iba á tener el buen señor! Se acabarían para siempre las lamentaciones, elsuspireo con que lloraba la penuria de su iglesia. Benita se imaginaba escucharle: Pero mi señora doña Benita; es usted una santa; nos salva usted. No hizo otra cosa la bendití. sima emperatriz Elena, madre del glorioso Constantino. Q, ué contentas sa pondrán las monjitas del Espino! Sor Pía del Cordero Pascual enloquecerá cuando lo sepa. Mas aquel discurso no se había pronunciado aún, pues aunque á Benita le halagaba mucho oírse llamar santa y em peratriz, no se resolvía á separarse de su tesoro, y demoraba su entrega, escondiéndole de ojos pioíanos, dentro del armario, detrás de la ropa blanca, muy envueltito entre inmaculadas servilletas. Sólo por las noches, bien cerradas puertas y ventanas y echados cerrojo y llave, se deleitaba contemplando sus riquezas, 3 a en conjunto, j- a en detalle, y aquel goce se aumentaba más con cierto resquemor de su conciencia escrupulosa, quien aconsejando á Benita la entrega de aquellos objetos á D. Gil, la inquietaba y ia hacia creerse casi culpable de alguna expoliación nefanda. Pero tales alarmas no tenían fuerza suficiente para vencer la pasión de Benita, y é. sta, suspirando y prometiéndose donar pronto su tesoro, tornaba á guardarlo, arrebujado en sus lienzos, alolor de las manzanas y membrillos que perfumaban la casta blancura de sus ropas.