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os días de Semana Santa eran agitadisimos para Benita, quien no se daba punto de reposo. Oficios, tinieblas, vísperas, sermones, se sucedían, llenando las horas de la vieja con un murmullo perenne de jaculatorias y salmos que zumbaba en las iglesias nunca vacías, donde los monumentos armaban sus catafalcos á la vista de las devotas, quienes rogaban á compás de los martillazos. En medio de tan piadoso barullo, Benita perdía la cabeza, y en su mente, solicitada por mil devociones distintas é ineludibles, los rezos se enmarañaban, formando una sola oración total v heterogénea donde las salves concluían en padrenuestros y las letanías en responsos. Por más que lá vieja trataba de ordenar sus preces, era inútil. El tiempo le faltaba para rezar con calma, y resignándose á tal trasorno, ofrecía aquella mezcolanza de ruegos al Altísimo, solicitando su benevolencia v ofreciéndole más orden y formalidad en cuanto pasase la Semana Santa, aqttellos divinos días todos amor y compasión que dejaban exhausta á Benita. Durante todo el Jueves Santo un solo pensamiento, la adoración á Cristo Crucificado, hacía recorrer las estaciones á la vieja, y su boca desgranaba incesantes los padrenuestros, aquellas palabras tantas veces repetidas que nacían y se alejaban para volver otra vez á posarse en los labios de la devota y tornar á huir, repitiendo idénticas frases de adoración, de lástima, de confianza. En semejantes días Benita no pensaba en nada ajeno a l a adoración del Mártir, rechazando las ideas profanas como si fueran pecados tremendos. Suprimía los coloquios con la portera, con el dependiente de la tienda, con las amigas. Ayunaba con el mayor escrúpulo, y por iiltimo, y para imponerse mayor y más terrible mortificación, la vieja se privaba de contemplar su tesoro, aquel tesoro oculto en lo más profundo del armario, tras un montón de ropa, y cuya vista la hacía tan feliz. Eas riquezas escondidas no consistían en las vulgares monedas, cuj a conteniplación recrea los ojos de los avaros, pues Benita, que no conocía la codicia ni atesoraba por vicio, disimulaba detrás de las pilas de enaguas y de los montones de medias un cáliz, unas vinajeras y una patena de metal blanco. Aquellos objetos de culto los había adquirido la vieja á fuerza de economías y de estirar hasta lo inverosímil los pocos recursos que le proporcionaba su orfandad. Primero se hizo con las vinajeras, con los dos tarritos tallados que bailaban dentro de sus cárceles afiligranadas. Después, y con el pro ducto de un año de ahorro, compró la patena, aquel disco argentino que la hipnotizara todo un invierno ante el muestrario del platero de la calle Real. Cuando tuvo la patena en su poder, pensó no ansiar más, pero un día, pasando delante de una casa de préstamos, vio en el escaparate un cáliz. El corazón de Benita se oprimió contemplando aquella copa donde había goteado la sangre divina, mezclada con procaces mantones chinescos, con inflados acordeones, con escopetas, collares, relojes y mil objetos que profanaban con su vecindad el santo vaso. Una xuerza sobrenatural, la misma que movió á Domingo de Guzmán á redimir cautivos, empujó á Benita dentro de la tienda. La timidez, -el encogimiento y cortedad de la vieja desaparecieron por ensalmo. Con otra voz, trocada en otra mujer, preguntó cuánto valía el cáliz. Ei prestamista respondió citando una cantidad fabulosa, cientos de reales. El cáliz tenía bastante labor, dos capas de plata, perteneció á un canónigo... Benita escuchaba, afirmando con la cabeza. Todo aquello sería verdad, pero también lo era que ella, Benita, había de rescatar al prisionero, fuese como fuese. Pidió auxilio al Altísimo, impetrando de su bondad un milagro, y escuchándola sin duda el Todopoderoso, iluminó con viva luz el cerebro angustiado de la vieja, quien dijo al comerciante: Si usted quiere cederme el cáliz, se lo iré pagando poco á poco. Un tanto al mes. También le daré los intereses, pues no es cosa de que usted pierda. Puede informarse de mí en Clases Pasivas. Soy perdona seria. Benita Buendía, hija del coronel D. Augusto Buendía, que en paz descanse. Así continuó hablando coa tal acento de verdad y tal elegancia de locuciones, que convenció al prestamista, y la feliz vieja salió de la tienda llevándose el cáliz envuelto en el mantón y firmando en cambio un papel donde se comprometía á pagar dos duros al mes durante cuatro años. 1