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bidiiria; pero entonces, ó mucho me engaño, ó erais vos el maestro. ¿Qué decís? D. ALONSO. -Digo, Kefiora, que os amé en extreluo aquel tiempo. AxGELA. -Gracias. Y ahora... D. ALONSO. -Ahora no puedo amaros. ANGELA. -Pláceme ia franqueza. ¿Y por qué, mi señor D. Alonso? D. ALONSO. -El por qué, es triste. íiaosura cuando no os atrevéis á mostrármela. Juro no guardaros rencor si me gana en be lleza. D. ALONSO. -No hay rival para vos. ANGELA. -Bien sientan ahora vuesti- as galanterías. Acabaréis por enfadarme. (Se alejan y lentamente entran en el palacio. ANGELA. ¿Me permitís que lo adivine? D. ALONSO. -Adiviuadlo si podéis. ANGELA. ¿Acaso dejé de pareceres hermosa? D- ALONSO. -De la noche y del sol tiene vuestra belleza; negrura de misterio y júbilo de luz: vuestra voz como música que de lejos viene, y vuestras palabras inquietadoras como recuerdo de placer que h a muerto. Hermosa como nunca os miro. NGELA. -Y hermosa como nunca m. e desdeñáis. Luego si tantas perfecciones no logran conmoveros, bien fácil es la adivinanza. Amáis a o t r a m u j e r (PazLsa. El surtidor sigzie diciendo melancolías. El ramaje comenta stisurrando el despecha de una herniosa señora que no alcanza á vencer al amor. ¿Acerté, D Alonso? (El caballero afirma JORNADA I I I En el salón de fiestas. DON ALONSO DE PASTRAN. 4, JACINTO LORIANI, OTROS CABALLEROS D. ALONSO. -Digo, Loriani, que me daréis razó; i de esas palabras. LORIANI. ¿Qué más razian que su misma verdad? D. ALONSO. -Y de esas otras que diciendo estáis. LORIANI. -Parecéis loco. ¿A quién puede ofender el que yo diga que nuestra amable huéspeda... D. ALONSO. -Callad os digo. LORIANI. ¿Acaso es mengua en u n a noble dama ser compasiva con sus amadores? Angela de Ricci se precia de serlo. D. ALONSO. -Mentís como villano. Gra 7 t tumulto. La disputa arrecia; los enojos desbordan corno espitmas. A poco, e 7i el jardín se cruzan dos aceros, y desplomado im hombre, setenan gritos de espanto. Etimudccen las miísicas, y las luces del jardín parpadean. ANGELA. (Acudiendo seguida de las damas stts amigas. con triste sonreír. ¿Conozco yo á la dama? D. ALONSO. -La conocí. steÍ 3. ANGELA. -Decidme su nombre. D. ALONSO. -Mi corazón la llama Mía. ANGELA. ¿Y habéis de serle fiel... hasta la muerte, como decís vosotros? D. A L O N S O -A c a s o más allá. ANGEL. Í. -Me divierten vuestras arrogancias. Y fuera del amor, ¿me daríais cuanto os pidiese? ¿Qué ocurre? (A Loriani. ¿Qué h a pasado? LORIANI. -Vedlo, señora. Se empeñó en morir. Luis. ¡El de Pastrana muerto! (Angela se arrodí ¡la. ji Qué haces? v: r y. í x é- -í D. ALONSO. -Mi vida espera vuestras órdenes para dejar de serlo. ANGELA. -Ño pido tanto. Dadme ese relicario qxie lleváis al cuello. ¿Que no es posible? Más que la vida le estimáis entonces... D. ALONSO. -Más que la vida. A N G E L A ¿Q u é g u a r d á i s en él? D. ALONSO. -Una imagen. ANGELA. -íAbríctido el relicario que Pastrana lleva colgado al cuello. H e d e s a b e r q u i é n e r a LüIS- Mirando la imagen. ¡Eres t ú! ANGEL. A. -Yo, sí, en aquellos tiempos, cuando era n i ñ a (A Loriani, que se acerca. j Mirad, a m i g o uno que por soñar se olvidó de vivir. (Sonríe amablefnente y se aleja, llevando el relicario. TELÓN ANGELA. -No me digáis de quién. Daría por verla hasta el placer de rendiros. ¿Tampoco... No debéis estar demasiado orgulloso de su her- G. MARTÍNEZ SIERRA BA; O- REL; EVES E CGULLAUT VALEI;