Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LANCES DE AMOR Y GALANÍA JORNADA PRIMERA Es ín la Roma de les papas. El día en quí Gonzalo de Cófdova llega iriiinfante d los pies del Pontífice y recibe de. el la rosa de oro (flor de amor) que la Iglesia otorga cada año al hijo predilecto. Las calles se engalanan, y el sol de primavera viste el aire de luz. La inuUitiid, alborozada, 7: ira pasar la comitiva. Allá van los gentiles caballeros de España, los soldados de Isabel. Asomadas á sus balcones, ¿as tieriiiosas de la ciudad los miran pasar. En uno de los balcones del palacio Ricci. ÁNGELA D E RICCI, LUISA D E MANTUA, JACINTO LOK. IANI, E L CABALLERO ANÍBAL REXI, UN PAJE LUISA. ¿Castellano? LUISA. -Lucido cortejo. Apuestos los caballeros españoles. Dicen que algunos de ellos son poetas, y todos sabios. ¿No miras, Angela? ANGELA -Mirando estoy. LUISA. ¿Y soñando acaso? ANO ELA. -No tengo tan mala costumbre. ¿Verdad, Loriani? JACINTO. -Señora, yo sólo sé que no os dignáis compartir mis sueños. Figuraos que nos dedicásemos únicamente á ensoñar, como queréis. AN GELA. -Tal vez aconteciese que al despertar hubiera ya pasado nuestra vida... sin vivirla nosotros. Creedlo, amigo, más vale vivir. JACINTO. ¿Y si la vida es tri. ste? GELA. -En nuestra mano está trocarla engozosa. L U I S A T o d o consiste en no poner jamás la felicidad en manos ajenas. A: Í: AL. -Pero acontece que nosotros los hombres tenemos siempre la felicidad en manos de vo. otras las mujeres, puesto que os entregamos la llave de nuestro corazón. ANGELA. -El corazón, amigo, se abre con cien llaves, y harto sabéis guardar noventa y nueve al entregarnos una. LUISA. -A todo esto la comitiva pasa, y dejamos de verla por discutir en balde. JACINTO. ¿Tanto os agrada? LUISA. -Sieujpre fué la belleza golosina para los ojcs. ANÍB. YL- -Y señuelo para la voluntad. JACINTO. -Decid para el capricho. ANGELA. ¿Y qué es la, voluntad sino el capricho? LUISA. -IMira aquel caballero, el del caballo pardo y la pluma roja. ANGELA. -Es D. Alonso de Pastrana ANGI; LA. -Aragonés. Conocíle en Ñapóles hace seis años; quince tenía yo. Luis. A. -Suspiras... ¿Acaso le amaste? ANGELA. -No sé; ya no me acuerdo; pero cuando pasó, túvele un instante por cosa mía. LUISA. -Acaso deba serlo si no fué. ANGELA. ¡Quién sabe! (Al paje. Oye, Cornelio: buscarás la posada en que se aloja el caballero aragonés D. Alonso de Pastrana; pedirás verle, y le dirás mi nombre y cómo habrá esta noc ie gran fiesta en mi palacio; añadirás que tendremos á honra su presencia. LUISA. ¿Qué intentas? ANGELA. -Recordar si le amé viendo si me ama. Luis. A. ¿Y si así fuese? ANGELA. -Harto sabes que no soy cruel. Si por mí sufre, he de curar su mal... Si no, sabré hacerle sufrir por lograr el placer de consolarle. JORNADA I I En los jardines del palacio. Luces discretas tiemblan entre el follaje. Músicas lejanas desgranan en la noche tnelodias galantes. Los invitados danzan en los salones ó discurren por los frescos senderos del jardín. Junto d la ftiente, cuyas aguas susurran con melancolía tenaz. ANGELA D E RICCI Y E L CABALLERO ARAGONÉS ANGELA. ¿Es posible, mi señor D. Alonso, que no quisierais venir á esta casa? Díjomelo el paje, y apenas acierto á creerlo. ¿Qué temíais de mí? D. ALONSO. -Acaso á mí mismo me temía. ANGELA. -Habladme f r a n c a m e n t e ¿Recordáis aquellos tiempos en que me conocisteis? D. ALONSO. -Recuérdalos mi corazón. Bien otros, por cierto. AN- QELA. ¿Qué halláis cambiado en ellos? D. ALONSO. -Sois la esposa de Ricci. ANGELA. -Lindo descubrimiento. ¿Y eso os preocupa? D. ALONSO. -Lorenzo es vuestro dueño. A N G E L A -E s mi marido. D. ALONSO. -Eso quise decir, ANGEL. A. ¿Pensáis poner en Roma cátedra de española austeridad? Antes he de mostraros yo una ciencia harto más amable. Y el corazón i: ic dice que habéis de ser excelente discípulo... porque creo, ¿no lo recordáis vos? ciue en tiempos coir. enzamós el estudio de la tal sa-