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DE E TÜ o x o z c o á un chico de diecisiete años, extre meño, con la cara lo mismo que un melocotón por el color y por los pelos, con los ojos pequenos, negros y brillantes como dos cabezas de espetón guapito, listo y romántico con todo e mundo, menos con las criads. s de la casa de huéspedes donde para, como dice su señor padre, ó donde no para, si hemos de creer á la patrona. El padre le envió á Madrid hace tres años, para que siguiese una carrera corta: el muchacho la hizo más corta todavía, no estudiando. Llegaron las vacaciones; hubo gran discusión entre el padre y el hijo, porque éste no recordaba dónde h. abía puesto el curso; j el padre, dar do por averiguado que aquel lo había perdido, lo castigó con r. n año de vida labriega. ¡Qué horror! ¡Después de Paul de Kock, Virgilio! Por fin, este año se ablandó el padre; y el chico, escarmentado y arrepentido, llegó a -er mañana á Madrid, se fué sin descansar al Retiro, por la tard e tomó café dos veces en los de la Puerta del Sol. y llegada la noche, se zampó en Romea. Y j o me dije al saberlo: -Pero, señor, ¿por qué no pondremos á estas criaturas á estudiar Jlfodistas en vez de estudiar Mateviátícas? ¿No será nuestra la equivocación y nos dará vergüenza confesarla? Porque, hablando ahora entre padres, sucede que nos ponemos con el hijo como unas fieras en ayunas; le ajustamos la cuenta de los días, que son muchos, y de las lecciones, que son pocas; tiembla el chico ante nosotros, pensando que al final de cada párrafo le vamos á santiguar la cara: le hablamos de la vergüenza, del ridículo, del porvenir y casi del Protocolo; pónese el muchacho muy colorado, se le asoman las lágrimas y reconoce ¡inocente! que ha hecho muy mal, y promete ¡inocentísimo! que no le volverá á suceder; le mandamos retirar de, nuestra presencia 3- desahogamos, ya solos, la cólera, dándonos un tirón de la barba y rugiendo entre dientes: ¡Cómo ha de ser! Lo mi. ír. io hice j- o. Y no es esto lo peor; sino que por estudiar el muchacho las modistas á través de las Matemáticas, y las Matemáticas á través de las modista. s, se le atraviesa el asno en ar. ibas asignaturas, y luego resulta mal ingeniero y mal casado. Y no me diga nadie cpie lo primero es peor que lo segundo, porque dirá una necedad: queremos ser grandes ingenieros para llevar á casa muchas patatas y muchas chuletas y muchos trajes de seda y sombreros empenachados j- que la señora se ponga mu -contenta 5 la cojamos por el talle y demos r. na vuelta á la mesa del comedor orAí- aíZíío sin orquesta. P. RA ESO. Ese es el fin último para que fuiuios mal criados. Se puede ser un ingeniero muy mediocre y ser un tío muy vivo dentro de casa; y como la señora no e: itiende una palabra de ingeniería 3- concede tanto mj. ás talento al marido cuanto mejor sabe manejarla á ella, y en cambio le considera como un zoquete si, con toda su ciencia, no ve siete sobre una burra, el ingeniero de niogoUón puede ser un hombre felicísimo 3 hasta tener buena sombra en sus construcciones, porque la suerte respeta á los felices; es cosa averiguada. Mejor pasaría 3- 0 por un puente trazado v dirigido por un chiripón de éstos á quienes todo les sale bien, que sentarme en uu banco de piedra sacado de cimientos por un sombrón triste, sudando ciencia y cu -a cabeza fuera percha de desventuras. Haj- que obedecer y seguir á la Naturaleza. ¿Que queremos por un resabio de tiranía reglamentar y sistematizar sus enseñanzas? Bueno; pues de los quince á los veinte, el Bachillerato; primer año, baile; segundo, reuniones; tercero, cartas en verso; cuarto, aventuras callejeras; quinto... No liay quinto malo. iJe los veinte á los veinticinco, estudios de Facultad: carácter de la mujer, líos, tapujos, carta dotal. etcétera, y á la funesta edad de los treinta, á casarse y á estudiar el seno y el coseno. F. SERR. VXO D F L. PEDROSA