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amor á la Patria ni en su inteligencia el culto á la verdad. Despreciáis á los ángeles, y el que desprecia á los ángeles tiene sobre su frente la maldición de Dios. ¡Es verdad! -exclamó el maestro. -Pues bien- -respondió el cura; -es preciso que los niños de la escuela vayan solos á la ermita del cerro de la Virgen, que se halla á dos kilómetros del pueblo, sin que les acompañemos ni u. sted, ni yo, ni nadie; es preciso que ellos solos abran las puertas del pequeño templo; que ellos solos volteen la campana; que ellos solos iluminen los altares; que ellos solos eleven las plegarias; es preciso que á sus voces de ángeles no se mezclen los ecos de las nue. stras, nacidas de pechos que trascienden á sórdidos egoísmos y fieras crueldades. KI rumor del sueño del cura se extendió por el pueblo, y las gentes se estremecieron de emoción. Al siguiente día, cuando el sol dejaba caer de plano sobre la polvorienta sequedad de la tierra los ardorosos rayos de su lurnbre, salieron al campo, formados de dos en dos, todos los niños del pueblo, sin que nadie les acompañara; iban sudorosos, tristes, en silencio; dilatando sus narices para aspirar plenamente el enrarecido vaho de Agosto, mientras las sombras graciosas de sus cuerpecitos se extendían á sus plantas. Llegaron al pie del cerro y escalaron lentamente la empinada cuesta. En lo alto se asentaba la ermita de la Virgen, destacándose en el fondo del cielo azul, limpio, transparente, no empañado por la más ligera brisa, y que sólo allá á lo lejos, sobre las montañas por donde sopla el ábrego, descubría una pequeña nube alabastrina. La ermúta abrió sola sus puertas como tierna madre que abre sus brazos; los altares encendieron solos sus luces; la campana volteó sin que nadie la impeliera. Eos ecos de las plegarias infantiles resonaron con misteriosas cadencias bajo las capillas y repercutieron en las bóvedas, entre notas de armonía sin orquesta que titilaban en los aires; hasta el pueblo llegaron las ecos de- aquellos raudales sinfónicos empapados de ternura, en tanto que el viento huracanado, impeliendo las nubes de la sierra y entoldando con cenicientas brumas el cénit extenso, respondió con el cárdeno relámpago y el potente tableteo del trueno á cada una de las estrofas que huían vibrando por las ventanas ojivales de la ermita. Al fin llovió, llovió potentemente; las nubes rasgaron sus negras entrañas y vertieron á raudales el líquido que esperaba la tierra, agrietada con avidez de fiera calentura, y en tanto que por los arroyos serpenteaba murmurando el agua; en tanto que el viento destejía los marañosos velos de las nubes, mostrando á trechos los abismos azules del espacio, el pequeño templo volvió á abrir sus puertas lenta y silenciosamente, los altares apagaron sus luces, la campana suspendió el acerado timbre de sus sones, y los niños aparecieron de nuevo serenos y contentos, y de dos en dos formados, lentamente fueron descendiendo por la cuesta pedregosa de la ermita. Íy m El cura, el maestro, el alcalde, todos los vecinos y las vecinas del pueblo, con los ojos arrasados en lagrimas y el cabello espurreado por la lluvia, esperaban á los pequeñuelos á las puertas del poblado, y así que les vieron cerca, se abalanzaron hacia ellos y los tomaron en sus brazos y los colmaron de besos, sin cuidarse ninguno de si era ó no era su hijo el que oprimía frenéticamente contra su pecho. Refiriéndome esta historia me decía mi buen amigo D. Octavio Cuartero: -En esta sequedad moral en que vivimos, y en que todos los ideales están agostados y las virtudes yermas, ¿quién mandará nuestros hijos á la ermita y quién los recibirá para acariciar su cuerpo y fortalecer su espíritu después de la lluvia? RAFAEL TORRÓME OIBU. OS DE SEGiDOB