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f- EL) SOEf O ÜELD G O- R A l- I ACIA largo tiempo que el cielo negaba á la tierra el necesario tributo de la lluvia; los campos con sus verdores agostados delataban la faz amarillenta de un ser inmenso enfermo; el poniente caliginoso elevaba trombas de polvo blanquecino que caían después como sudarios; la tierra trascendía á calentura, el aire á incendio, y los árboles, desmayados en pie, con las hojas lacias y las ramas desvaídas, hincaban sus raíces, ansiosas de las más escondidas humedades que el sol abstraía diariamente del terruño, abrasándolo todo con los besos infinitos de su lumbre implacable y ardorosa. Los habitantes de Villayerma habían j a agotado su paciencia y sus oraciones ante los horrores de la plaga. Cuantos santos veneraban en la iglesia acababan de ser colmados de ofertas y sacados en procesión. La ciencia, en el acto, no podía hacer nada y l a piedad ya lo había hecho todo ante la espantosa mueca del hambre que llegaba y de la muerte que venía. Los vecinos del pueblo aguardaban sólo con la ira sombría del desesperado el último momento de la vida. Los niños, tumbados sobre los bancos de la escuela, mostraban abatidos la estolidez del hambre, que daba á sus rostros de ángel sombras de vejez prematura. El maestro sentado en su sillón, acodado en la mesa y la frente escondida entre las manos, observaba en el silencio morboso de aquellos niños la tristeza de un pueblo agonizante que no tenía, ante el horror de la muerte, ni el brío de la bestia espantada que huye el peligro. En los pueblos incultos que dependen de los azares del cielo, cuando el cielo les falta lo pierden todo: el pan que alimenta el cuerpo, la esperanza que sustenta el alma y la conciencia del poder humano. De pronto, el maestro levantó la cabeza; en la puerta de la escuela apareció una figura alta, enlutada, solemne. Era el cura del pueblo. En su rostro se destacaban las huellas del sufrimiento y del insomnio; sus cabellos, blancos antes de la vejez, eran la espuma que delataba las internas borrascas de su alma; su rostro largo y enjuto, sus labios carnosos y su nariz fuerte, descubrían su temperamento lleno de santas vehemencias. -Venga usted, venga usted, maestro- -le dijo con voz nerviosa; -y después que ambos se encerraron en un pequeño gabinete que la escuela tenía, extendiendo el cura sus brazos exclamó con emoción: ¡Ya sé lo que pasa aquí! ¡Ya poseo el medio de salvarnos! ¡Dios e ha revelado en sueños el secreto de su cólera! ¡Es, comosu 3 a, justa y grande! Escúcheme usted y siéntese á mi lado. Sentóse el maestro, suspiró el cura, medió una pausa, y prosiguió el sacerdote hablando de este modo: -Hace tiempo que estoy apesarado no sólo por las desdichas que sufre el pueblo y las mayores que se le avecinan, sino de ver la inutilidad de nuestras oraciones y nuestra ineficacia para con Dios. Llenode esta pesadumbre quédeme ayer dormido, cuando de súbito apareció á mis ojos una portentosa imagen que con lengua luminosa, que hasta el fondo del alma me llegaba, comenzó á habiarmie de este modo: Es inútil que hagáis más rogativas ni dirijáis plegarias al Altísimo... ¡Cómo pueden serle gratas estas oraciones que sólo el hambre inspira! ¡Cómo podrá escuchar benignamente á estos hombres que mientras llueve no se acuerdan do adorarle ni en el altar de la ciencia ni en el de la fe! Las únicas voces que pudieran ser gratas á los oídos de Dios son las de los niños; ellos están limpios de pecado; sobre sus candidas frentes cae el rigor de vue. stro menosprecio; para ellos todo alimento os parece bueno, toda instrucción sobrada, toda habitación higiénica y excelente. Los españoles tenéis para los niños crueldades inquisitoriales que manifiestan la cerrilidad de vuestras almas; les ponéis á trabajar antes de tiempo y explotáis sus débiles fuerzas, sin cuidaros de suscitar en sus corazones et