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ultos, á proposiciones sucias y nombres feos. Pues no has conseguir q u e m e levante, maldito, descomulgado repetía entre la crispación de sus nervios, ascendente como la marea Faltábanle sólo ocho ó diez rectaduras para llegar á la puerta de la iglesita, cuando, no pudiendo resistir más, no el martirio de las rodillas, sino las infamias que gritaba dentro la arrenegada voz, se incorporó de un salto de fiera, y agitando los brazos á guisa de aspas de molino que hace girar viento huracanado, cerrados los puños, fuera los ojos de las órbitas, soltó la andanada de injurias y desvergüenzas que le hervía. El gentío no la hizo caso. La misa daría comienzo muy pronto, y era preciso que Ventura entrase y permaneciese en el templo hasta el instante decisivo No creyéndose capaz de sujetar á la furiosa, solicitó 1 auxilio de dos labriegos con traza de hombres de bien. Agarraron á Ventura por un brazo cada uno. y naia, adentro. Bajo sus manos duras y callosas sentíanla trepidar, y apretaban más fuerte. Al aparecer el cura en el altar, al relucir el oro de la casulla nueva y repiquetear con tirilín argentino i i f i panilla del acólito, la endemoniada tembló doble, reso; mió, barbotó palabras obscuras. La contuvieron; hasta el üam tus fueron haciendo bueno de ella. El Sanctus la alborotó; se- acercaba el momento; los demonios, alojados en frágil cuerpo de mujer, le regaban con pez ardiente y le hundían sus garras de fuego en las entrañas. Ventura se asfixiaba; una bola candente, enorme, subía impetuosa, empujada sin duda por diabólicas manos, de su vientre á sus pulmones y de éstos á su gorja, al mismo tragadero y respiradero; ni el chillido de desesperación lograba abrirse camino; el torso de la moza empezaba á arquearse; el busto se echaba atrás violentamente, á pesar del esfuerzo de los que la contenían. Repiqueteó la campanilla con respetuoso misterio; la hostia iluminó con el reducido punto de su blancura, á manera de astro de la mañana, el recinto; la gente se prosternó, se golpeó el pecho, murmurando oraciones, y Ventura, en horrible espasmo, sintió que la bola irrumpía afuera entre llamas y azufre; que á ella la golpeaba y la arrastraba un puño de gigante, y en vez de quejas y plegarias, escupió un torrente desatado y turbio de blasfemias inmundas contra el dulce Cordero de la pálida Forma... El vigor de los dos labriegos cedió ante el nervioso desate de la energúmena, que rodó por tierra, de donde la recogió el tropel arremolinado de los compadecidos fieles. Al anochecer regresaban á su casa las dos primas, calzadas ya. Ventura iba rendida de gozo. Una dicha, un bienestar inexplicable la embargaban. ¡Estaba curada, salva, salva del todo! Los sufrimientos de la mañana en la misa fueron los últimos; con la bola de apestoso azufre había salido el trasno ó los trasnos- ¡hacerles la cruz! -vomitando horrores; pero la moza, ni se acordaba; un sueño irresistible, como si hubiese bebido una jarra de leche fresca, la había salteado después del acceso, y al despertar... ni señales del mal indino, que se agarra como las lapas, y no hay en la botica medicamento que lo cure. ¡Bendito y alabado sea el Curandero del cielo, el Señor de Androsán! -Y á ti, Esperanza, ¿se te quitó el mal tuyo? -interrogó volviéndose á su prima. Meneó Esperanza la cabeza, y después la agachó contra el pecho. ¡Quitársele el mal! Ya presumía ella que no. Igual que vino se volvía. Al arrastrarse sobre las rodillas, que le escocían tanto, ni un instante creyó mejorar, porque su enfermedad ni estaba en las rodillas ni en ninguna parte: estaba en ella, y á no quitarse á sí propia, consigo tenía que llevarlo y traerlo, á la romería, de la romería, al santuario, del santitario. Sólo por el aquel de probar, á ver si el Santo Cristo se dignaba tener compasión de una infeliz, se resolvió á esconder avergonzada, en el rincón más obscuro del altar, después de que la gente despejó la iglesia y se fué á bailotear al soto, un corazón de cera pendiente de una cinta azul. El que debió dejar allí era el que tanto la dolía, -y no siendo eso, ni servían rezos ni servía el cura con el hisopo... ni servía... ¡Jesús, Jesús nos perdone! El pinar se espesaba, la noche descendía; á lo lejos cuarreaban las ranas en la ciénaga; un cohete de luces de color rasgó el firmamento, y Ventura se soliviantó alegremente. ¡Mira los fuegos, mujer, que pareces parva! -dijo á su ensimismada compañera. D I B U J O S DE M E X n E Z BRINOA EMILIA PARDO BAZAN