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Sólo el Sr. De Valdeaguas, con el juicio claro y la razón serena, melancólico y pensativo, se paseaba por entre los grupos de beodos, que dormían en capricliosas posturas. El silencio solemne de la noche lo turbaban ronquidos más ó menos agudos y el rumor continuo de las fuentes, por las cuales seguía el vino saliendo á borbotones. Únicamente la del Sr. De Valdeaguas, aquella cuya propiedad tanto le envanecía, continuaba vertiendo un fuerte chorro de transparente cristal. ¡Necio de mí! -exclamó contemplándole su dueño. -Si yo no hubiera rechazado el ofrecimiento del hada, esa fuente á estas horas manaría Champagne, Rhin ó Chipre, algún vino adecuado á mi clase, muy superior á los otros del pueblo. En esto, como en todo- -añadió con acento amarguísimo, -se ve mi menguada fortuna. Apoyóse en el brocal del pozo, y llorando de tal manera que sus ojos parecían competir con el sonoro caño, rendido por la emoción y la fatiga quedóse dormido... No despertó el vecindario, como de costumbre, al toque de la misa de alba, porque el sacristán, boca, abajo, en medio del arroyo, dormía también su correspondiente mona; pero la luz del soJ, ya muy viva, fué disipando modorras y sopores, y los villafonteños, desperezándose poco á poco, pusiéronse en pie, todavía medio atontados y creyendo que todo había sido un sueño. l, as fuentes, que seguían vertiendo líquidos amarillos y rojos, les convencieron de la realidad. Entonces sintieron una sed horrible, consecuencia natural de la borrachera, y al enterarse de q u e la única fuente que no se había transformado era la de la casa del Sr. De Valdeaguas, allá se fuero en tumulto, con las fauces secas y el deseo ardiente de refrescarlas. Despertó el noble al oir el bullicio de la muchedumbre, dispuesta por lo visto á asaltar el cri- stalino chorro, y comprendiendo lo ventajoso de su situación, se propuso explotarlo. ¡Alto ahí -gritó con voz enérgica. -Esta fuente es mía, y no consentiré que beba nadie sin que m e pague un tanto. Sólo el respeto que por su noble categoría y su carácter, todavía más noble, le profesaban sus convecinos, pudo contener á éstos para no arrollarle y satisfacer pronto el ansia de beber que les enardecía. Quisieron convencerle con razones, con ruego, con súplicas: todo fué inútil. Como el heroico campeón que defiende el último baluarte, el Sr. De Valdeaguas. enarbolando su bastón de muletilla, disponíase á descargarlo sobre el primero que se le acercase. -y. i a i 4: i I I l v i i t t oLipv iiLÍlu, y tiv uciiuí) q u e i i u i i t v t i- ban con qué pagar pidiéronlo allí mismo prestado ó fueron á casa por ello, volviendo jadeantes á ocupar puesto en la cola de espera que el Sr. De Valdeaguas había organizado para evitar tumultos y para facilitar el cobro de aquel tributo extraño, novísima gabela ideada por el descendiente de señores feudales. En pocos minutos reunió sinnúmero de monedas de cobre y aun de plata, porque los muy sedientos no reparaban en el coste. A D. Gumersindo le cobró diez duros por el contenido de una jicara. ¡Convecinos- -exclamó al ver el montón de dinero, -ved aquí el premio d é l a sobriedad y d é l a continencia: no os dejéis arrebatar nunca por los apetitos desordenados de que os habla el Catecismo! Y tenía razón el Sr. De Valdeaguas: todas las virtudes alcanzan su premio en este mundo, todas. Por lo menos en sueños. M I G U E L RAMOS CARRIÓN D I B U J O S DE E- STÍÜVAN TM-