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Villafuentes CUENTO P OR SUS aguas era famoso el pueblo, y de ahí le venía el nombre. En aquella región, y puede decirse que en toda España, no había lugar más fecundo en manantiales d e agwa pura y clarísima. Brotaba en t o d í í s partes nieve. filtrada por la vecina sierra, en chorros claros y saltadores. Aunque el vecindario no era e s c a s o podía calcularse que á cada individuo le correspondía proporcionalmeute un sinnúmero de litros. El que allí no f u e r a aseado, bien podía asegurarse que e r a muy puerco. Los villafonteños fundaban su vanidad en aquellas aguas. Si alguien nombraba la catedral, f a m o s o monumento de la provincia, contestaban con desdeiioso desprecio: ¡Bahl nosotros t e n e m o s la S o s l a ftfefte lf i, ducto romano de un pueblo pró: imo ellos responlfan: S o s o o T S mos la fuente del Perejil y asi siempre: oponían á las glorias regionales a r a u i t e c t ó n i c a s X rnai ¿f Sr l l P abundancia con que iS Naturaleza s h a S S o í I aldeaguas, especie de señor feudal venido, no á menos, sino á casi nada que conservabn olo de sus extinguidas grandezas un caserón ruinoso, con el imprescindible escudrííobfliar o de t V n d? f r 1 y volado balcón del piso principal, e r a a l T e z por conservar el houOT tico de su apellido, quien más orgulloso se mostraba de haber nacido en aquel nrieblo en vas fne? X conocía y diferenciaba de tal manera, que con los ojos vendados aseJurabaTer capaz dé d l f n S o? c Í q u i e ¿t r í fnente parroquial, o l a del Cerro! ó de A pesar de todoesto, aseguraban los vecinos del Sr. De Valdeaguas que no hacía éste ascos ni nma de la va y que si alguien le convidaba á unas copitas, único ca. sl en que p o d f b e b e l a s soHa ex- c darse hasta tal punto, que regresaba tanibaleando. se á su morada his? ó cl y seüorFal ii; re l S H r -r s A i, í uv j c. juuo iieraioico cstentaDa sobre campo azur dos sur -1- -caballero, cuyo escudo heráldico ostentaba sobre campo azur dos suridores T. upMn n m adores de D Gumeísindo, que plata y un rio de oro en campo de gules, había un ricacho del pueblo l l. aJ oa df A? S! s teniafamadecmico borracho. Hasta tal punto se la adiudicaron, que e? a proverMaí en Villafuentes. lí foi irfe asiStsíf íñf sí íiiíí qul fÍ tf. 7,l ftlfyT. i- o -Ofendía de- ¡Dichoso- -exclamaba repetidas veces, -dichoso el aue nanp p- n TP A O -RT. ÍI. Rueda ó en la Nava! Esos so n pueblos; nó é s t r a T o n l e T a V q u t r a e S f l i n o d e s d e cfe n e ia; ihorreofw P P abía condenado á D. Gumersindo á vivir en aqitll íu are 1o para él aborrecible, por lo mismo que era adorable para el Sr. De Valdeaguas arejo, par. ei b n a noche que se hallaba con éste, á quien había invitado para probar un tinto rancio míe 1 P hn f f í, f señor mío, y no sea tonto: es bobada solemne comparar el a- u a con el vmo v jy i ixx i a. C 3 LC pneuiü. OÍ esa copiosísima luentf vera de su casa y en terreno de su propiedad, en vez de ser de agua f u s e d f vino aun de cilidad ín figúrese la riqueza que supondría. Y tal como es, ¿para qué le sirve? Para mientos del caserón irmip anao o oK -J i. í r C; f- Dicho esto, soltó una carcajada, satisfecho de aquella extravagante idea que se le había ocurrido Cuando ya avanzaba la noche, los dos bebedores se separaron- dirigióse el ricachón con grande: di-