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La parábola descubrió á las gentes una fuerza desconocida, la fuerza de la asociación: hasta entonces; no la habían visto, á pesar de tenerla presente á todas horas en el ejemplo de la catapulta, irresistible por la sola unión de los brazos que la movían. -Si juntos pueden con cada uno de los desertores, desertando juntos, ¿quién nos castigará? Quince días después las catapultas estábanse abandonadas en las grandes explanadas de los castillos. Es pavorosa la ballena ágil, suelta en las anchuras del mar, levantando las espumas y removiendo. las aguas. Parece que lleva consigo la tempestad. La nave huye de ella temiendo su coletazo y su embestida, como la del espolón enemigo. Es triste, con tristeza imponente, la ballena muerta, quieta, inofensiva, tendida á lo largo de la playa como navio varado. Los chicuelos brincan sobre su lomo temido y le arrancan, con burla, sus barbas espantosas. La catapulta era la ballena muerta. El pueblo saltaba sobre su mole y arrancaba astillas de sus enormes maderos. Entretanto los dos reyes recorrían furiosos, los aposentos vacíos y las torres desguarnecidas de sus castillos. Chispas lanzaban sus ojos, y chispas sus alfanjes, esgrimidos vanamente contra las piedras. Maldecían á su gente, odiaban á sus vasallos, bramaban jurando venganzas y castigos crueles. Faltábales el instrumento de ellos, y en el frenesí de sus furores ambosjuntaron sus iras contra el pueblo, y acercándose á la catapulta intentaron levantarla con el esfuerzo supremo de sus brazos musculosos. L á máquina no sintió el empuje, y siguió inmóvil, muerta, anunciando el fin de aqtiel artificio. Tantos torreones, tantos muros, tantas lanzas, y saetas, tantos artefactos de guerra y de nuierte dejados por los que les servían v manejaban, quedaban inútiles como piedra de molino, que no tritura sin agua que la impulse. Y en medio de todoaquel aparato de fuerza inerte, los déspotas estaban indefensos, á la merced del último plebeyo, entre la acobardada adulación de los pocos cortesanos que acompañaban la soledad del infortunio. E! pueblo, que es tanto más vengativo con las firanías pasadas, cuanto más dócil fué para sufrir las. presentes, quiso demoler las fortalezas reales con la misma catapulta que demolió las casas plebeyas. El sabio se opuso. ¿Para qué? -dij- o. ¿Para qué de- struir esa obra costosísima que labrasteis con vuestra sangre. Permanezca como recuerdo y ornato histórico. La fuerza por sí sola no es eficaz: más que triunfante, está recluida en su castillo. Os dije que yo poseía otra fuerza invisible: es la razón. Una cabeza puede más que diez mil brazos: ya lo habéis experimentado: nada tenéis que temer de ese tirano forzudo, ensoberbecido y fiero, mientras vosotros no ayudéis á su tiranía. Los mismos pueblos arman estúpidamente á sus verdugos. El francés desvalido, el sabio flacucho y raquítico desannó á los reyes y ejércitos del oasis, enseñando á los bárbaros del centro de África un procedimiento que tardarán en aprender los cultos delt centro de Europa. EUGENIO SELLES D Í D I J 0 K D E REGIDOn