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y- r- i ir- Loa catapulta sagrada p N lugares mny distantes de las tierras que llamamos cultas, y muy apartados de los mares, que han sido siempre conductores de la civilización, en el centro de África, había dos oasis vecinos, ignorados de los geógrafos y de los conquistadores, porque la Naturaleza les defendió de ellos aislándolos en el inmenso océano de arena, más difícil de trasponer que el océano de agua. En aquellos oasis dos sultanes gobernaban á sus respectivos vasallos como se gobierna en África y aun se suele gobernar en Europa. Musurú y Al- Rení eran enemigos irreconciliables: cuando no andaban en guerra, se prevenían para ella, parando en la paz armada, que es la guerra en reposo, la guerra crónica tan desastrosa como la aguda, porque si bien no derrama sangre, derrama oro, oro improductivo, que ni trae conquistas ni glorias. Eos sultanes mandaban ejércitos poderosos, y los vasallos los formaban y los pagaban. Eos tributos de hombres y de dinero crecían tanto, que ambos reinos iban quedando empobrecidos y despoblados, como si sufriesen una guerra con sus asolaciones y matanzas. Eos pueblos con prendían la sinrazón de aquel estado y la injusticia de aquellas cargas, pero no daban con la manera de ponerles fin. Criados fanáticamente bajo el régimen de la fuerza, sólo se ocurría oponer la suya á la de los sultanes. Pero ¿quién ponía el cascabel al gato? ¿Quién osaba contrariar, ni aun con humildes quejas. ó suaves peticiones, á aquellos dos déspotas, gigantes de cuerpo, recios de miísculos, dtiros de corazón, tercos de voluntad, orgullosos por condición natural y por costumbre de la superioridad, que fiados en sus fuerzas personales y en la de sus ejércitos y lanzas, se juzgaban omnipotentes é invencibles, y tan seguros de sus vidas y tan firmes en sus tronos como sus castillos en las rocas de la colina? Eos aires revolucionarios que empezaban á soplar se aplacaban y detenían ante esos temores, y sobre todo, ante el pavor que infundía la catapulta sagrada. Esta era una máquina de guerra, mitad ofensiva, mitad defensiva, que por su construcción bárbara, sus dimensiones enormísimas y su tosquedad sin arte, pudiera ser en la ingeiiiería militar lo que el dolmen y la construcción ciclópea en la arquitectura primitiva. Constitviía una de sus partes la verdadera catapulta, capaz de echar á tierra en poco tiempo los inuros y los edificios más sólidos del oasis, fuera del castillo real. Constituía la otra de svis partes una fortaleza movible, que se armaba donde era necesario, así para proteger las operaciones de la catapulta como para defensa de las tropas. Ambas eran porteadas y manejadas por cuatro mil soldados gigantescos. La máquina era sagrada: nadie, aparte de sus servidores, podía mirarla ni tocarla, bajo pena de la vida, y en igual castigo caía quien osare maltratar al más ínfimo de los cuatro mil hombres, también sagrados. ¡Infeliz el vasallo que incurriera en la ira de sus amos! Allí estaba la catapulta derribándoles sus casas. ¡Infeliz el pueblo que protestase, ni aun sequejara, de la demolición! Allí estaba la catapulta arrasando también sus viviendas 3 exterminando sus familias. Aquellos soldados disfrutaban de respetos y privilegios tan excepcionales, que en cuanto vestían el hábito sagrado y se pintarrajeaban el rostro para completar el espanto, se consideraban de estirpe superior y distinta de aquellas mismas gentes de donde procedían. En este caso el hábito hacía al monje y le apartaba de la común humanidad. Pero como los tales soldados ni eran llovidos del cielo, ni. nacían por generación espontánea, había que recogerlos por leva forzosa entre los habitantes del oasis. jY de aquí vino la caída y desarme de los sultanes africanos.