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liios lo corta que es la primavera eu este desdichado país. Para los árboles del Retiro viene tardía siempre. Cualquiera diría que les pasaba lo que á muchos vecinos de la villa y corte, que pasan la época más deliciosa del año y hasta penetran valientemente en el estío envueltos en su rico traje de invierno... por el aqtiel de no haber podido desempeñar la ropa de verano. Resulta, pues, que no hay estación tan hermosa en nuestro Parque como el otoño, porque es también la mas duradera. Desde mediados de Septiembre están agostadas las flores y comienzan á secarse las hojas. Con una gradación que tiene mucho de melodía musical, van desapareciendo los colores enteros, fuertes é insultantes de árboles y arbustos; como un canto que se extingue y se pierde en la lejanía, van muriendo los tonos agrios de las hojas, van suavizándose las penumbras y amortiguándose Irs contrastes de árbol á árbol. Y los ojos, cansados del esplendor brutal de la luz veraniega, se detienen y se complacen en el simpático y amable afinamiento de colores y tintes. Del estanque y de los arroyos que surcan el centro del Retiro suben vapores que descomponen la luz, creando una infinidad de nuevas é inesperadas irisaciones, quebrando los rayos del sol en troncos y ramas y formando extrañas disonancias de color, si vale expresarse así. Hay instantes de una placidez exquisita, en los cuales una sombra de mujer que cruza un puentecillo i el grito de u n niño que juega, la figura de un paseante que se detiene ante una estatua, el ruido de una fuente lejana, evocan en el ánimo más burgués y menos propicio á los idealismos, sensaciones de una acuidad un poco enfermiza, pero que, por el contraste que hay entre ellas y las vulgarísimas sensaciones de las calles y olazas, llegan á producir el equilibrio apetecido, en el que propia mente consiste la salud espiritual. F U E N T E DK LAS SIRENAS E N LA KÍA Fots. Frondenthal