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LA CASA D E L PESCADOR El Retiro en Otoño p N todo tiempo es hermoso nuestro gran jardín madrileño, ó por lo menos así nos lo parece á los que no tenemos otro y que le ainamos como quieren los padres á sus hijos únicos. Pero en invierno el Retiro es triste, como todo bosque de árboles secos. Los pinos que rodean el Ang- el caído y la Estufa bordeando la stibida desde Atocha, los que cercan la parte más bonita y aristocrática del paseo de Fernán- Núñez, aquella donde los señores viejos descienden de sus coches á dar un breve y lento paseíto y las damiselas pavonean sus abrigos y dejan flotar las a l t i v plumas de sus sombrerones, son unos pinos tristes, callados, árboles que parecen de hierro y cuyas ramas no se mueven por muy fuerte que el viento sea. Los demás árboles invernizos que en el Retiro abundan contribuyen á dar á ciertos lugares del Parque un aspecto profunda y misteriosamente melancólico. En verano, el Retiro no constituye un refugio, ni mucho menos, para el pobre paria madrileñ, que aspira á huir del ambiente desolado, mefítico y caliginoso en que aparecen envueltas calles y plazas. Todo lo contrario. No hay nada más lamentable que el aspecto del pobre bosque, sediento y asurado, cuyos árboles parecen grises, con las hojas cargadas de polvo y en cuyos estanques y fuentes ebuUe el agua hirviente. La desesperación veraniega, enfermedad horripilante de los madrileños, se apoderará aún con mayor fuerza de vuestro ánimo. El Retiro es un lugar más de condenación y de sufrimiento, una prolongación de la casa ahogada y estrecha, de la oficina insoportable ó del asfixiante taller. Más hermoso está el Parque de Madrid en primavera, pero, por desgracia, todos sabe- RUINAS D E LA BASÍLICA