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IDOS Zualzo pjiA sVEt Zualzo sa liódeEspanaiuu 3 joven en busca de iorttma con otros emigrantes de su edad y al bre ve tiempo de haber llegado á América, de tal modo le f a v o r e c i ó la suerte, que llamó presuroso á sus hermanos n: enores Enrique y Pablo para que f u e r a n auxiliares y partícipes de sus negocios, ya que nadie p o d í a con más fidelidad secundarle en el trabajo ni con mejores derechos compartir sus beneficios. Los hermanos Zualzo, como en todas partes les llamaban, se enriquecieron p r o n t a y grandemente. Aquellas almas vigorosas, conmovidas con el trasiego de la emigración y deshollinadas de n e g r a s tradiciones con los aires de la tierra nueva, explayaron sus potencias como semilla caída en la tierra que le es más apropiada, y aplicaron su actividad, llena de conce; ciones claras y ejecuciones p r o n t a s á tan v a r i a s empresas, que casi todas las fuentes de riqueza del país les rindieron pródigamente sus caudales. Manuel, el hermano niaj- or, era el hombre de las grandes iniciativas, el director práctico de los Zualzo, el emprendedor infatigable, y ante su opinión y su cori. -íejo se doblegaban Enrique y Pablo respetuosamente, con sumisión y cariño filiales. Después de veinticinco años de expatriación, calmada con la abundancia del oro el hambre y la sed de adquirirlo, los Zualzo tuvieron ocasión de pensar y de sentir algo que no fuera materia explotable, y como si despertaran de un profundo sueño, la idea de la patria apareció en su mente con todos los fulgores de una realidad apetecible y avasalladora. Después de madura discusión, realizaron su capital inmenso y regresaron á España, donde ya no tenían ni parientes ni amigos, y donde la tumba de sus padres era la única llama que iluminaba con alguna claridad sensible las confusas nieblas de su infancia breve. Llegaron, pues; se establecieron en el pueblo famoso de la montaña donde vieron los tres la luz del día, y Manuel, el hermano mayor, eme recordaba mejor que los otros las añejas tradiciones de la familia, e stableció el antiguo régimen de vida y las austeras y sencillas costumbres que mantenían y perduraban el espíritu de la raza, ligando á los Zualzo presentes con los Zualzo pasados, como si aquella tremenda lucha de más de veinticinco años para lograr en tierra extraña tina cuantiosa fortuna no fuera más que un paréntesis, un detalle, una circunstancia, sin otra consecuencia que la del oro acumulado en las arcas. Un día, después de almorzar, que era la ocasión de las confidencias solemnes, el hermano mayor habló á los otros dos Zualzo de esta manera: -Hasta ahora hemos pensado en hacer una fortuna para nue. stro porvenir; pero, hoy que somos viejos, hemos de pensar en el porvenir de nuestra fortuna. Eos tres permanecemos solteros; muertos ya nuestros parientes, los unos habremos de heredarnos á los otros, y el que superviva se verá en la precisión de legar su fortuna á manos extrañas; tal vez á quien menos la merezca. -Triste será- -replicó el hermano menor- -que esa fortuna, lograda á fuerza de tantas privaciones y sacrificios, sea después derrochada por manos indignas, que en pago de obtenerla se mofe de nuestra laboriosidad para adquirirla.