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nachos de sus crines aventadas; el coche botaba y retemblaba entre sacudimientos crujientes, los árboles parecían Imir por ambos lados, y las damas, aferradas al asiento, no tenían más remedio que fijar su vista en el rostro del sabio que tenían enfrente, donde el miedo estallaba con sus más culminantes expresiones. La calva brillábale con desnudez lastimosa entre algunos cabellos erizados á r. ianera de matas en baldío, los ojos saltones y sin luz á través de las gafas mostraban la fijeza del espanto, sus labios exangües y su rostro de cadáver mostraban el pavor d él neurasténico, ó sea el miedo total del hombre que carece de toda confianza en su propia fuerza. Jliguel, rjue ya se había vuelto varias veces para dar ániínos á las señoras, hizo un supremo esfuerzo, y aprovechando que la cuneta, de la carretera e. staba cegada á la izquierda del camino, metió los caballos en un campo recién regado, donde al cabo de bregar con los luímedos terruños quedaron rendidas y aquietadas las bestias y atascado el vehículo. Las damas recuperaron pronto su habitual alegría, pero el sabio no pudo recobrar ni la tranquilidad ni su sombrero; de suerte, cpie al llegar á la quinta le fué preciso aceptar una gorra de iMiguel, que por estarle muy pequeña le daba cierto aspecto de personaje de saínete que contrastaba con su gravedad de filósofo. Olvidado tal percance, los invitados triscaron y corrieron por aquellos vericuetos agrestes, en tanto que el sabio les daba noticias prolijas, con cualquier fútil pretexto, sobre el arte y la historia antigiia, al extremo de hacerse enfadoso por sii tono grave y dogmático; pero cada vez que era preciso saltar un arroyo, alcanzar una rama, coger unas flores, rodar un peñasco y otras mil necesidades activas que en la vida campestre se sugieren, no era el sabio, sino Miguel, quien servía á las damas, trocado en pies y manos de sus deseos, de tal manera, que en cierta ocasión en que el profesor quiso mostrarse galante y ayudar á Julia á saltar una acequia, lo hizo con tal desconcierto, que se escurrió en el agua y le fué necesario aceptar, además de la gorra, unos pantalones de su rival 3- amigo, con los que acabó de estar la más ridicula figura del mundo. Cuando re, gresaban en el coche recayó la conversaciíjn sobre los estudios que se deben dar á los hijos; entonces el sabio explayó toda su elocuencia, pero Julia le interrumpió diciendo: -Yo riO sé cjué carrera daría á un hijo mío, pero le enseñaría ante todo á ser hombre, á valerse bien d t us manos, de sus piernas, de sus ojos á tener agilidad, perspicacia y fuer 1, porque lo primero que necesitan los hombres es contar consigo mismc s; después le enseñaría alguna cosa c ucreta y útil, pero jamás tendría la loca pretensión de que lo estudiara todo. El pobre sabio no volvió á replic- r. De vez en cuando miraba calladamente y lleno de amargura á Julia, ipie muy risueña cuchicheaba con Miguel. Cuando llegó á su c a s a nuestio hombre y se miró al espejo, que le puso de frente su ridicula figura, abatida y ajada por el abuso del sedentario estudio, hasta el extremo de haberle quitado la virilidad propia e su sexo y reducido á una espec. e de hibridez física sin belleza y sin igoi, el pobre catedrático sintió justificadas las ironías de la viuda, y con los ojos arrasados en lágrimas exclamó; -Los yancjuis pagan mejor i su m aestros de foof- lm que á sus pio esores de filosofía ó matemáticas, y hacen muy bien, porque el foot- baU c más favorable á la existencia. Si nosotros pensásemos de ese modo, tal ez no nos habrían ellos derrotado. ¿Cón: o he de ser yo un sabio, cuando ni siquiera soy un hombre... ¡Yo soy el fruto de las tradicionales preocupaciones y rutinas de un pueblo decaído que ni quiere ni sabe vivir! -Y o s y un engendro inverosímil como la metafísica histórica! ¡Yo soy un aborto universitario Después, alargando sus manos hacia el espejo donde se reflejaba su imagen escuálida, llena de flacidéz y de desmayo, exclamó con voz que ahogaban los suspiros: ¿Cómo han de amarme las mujeres? ¡Ecce homo! RAFAEI, T O R R Ó M E Ijlr. UTOÍ DK