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Z i. SLi V 5 3; í. 5- IKCCK; íiOIvIOl T T L niño Pepito Losada era un asombro En el colegio de Nuestra Señora de la Ltiz le enseñaban á todo el mundo como reclamo viv- iente de aquel negocio. El día de los exámenes públicos se mostraba Pepito ante la expectación de las familias, y después de una reverencia muy bien ensayada, comenzaba á recitar los nombres de los reyes godos, desde Ataúlfo lia, sta D. Rodrigo, refiriendo los más notables hechos de cada reinado, y en tanto que las mujeres le miraban con simpatía, los hombres coa admiración y los niños con envidia, el infeliz muchacho hacía salir vibrando de su escurrido pecho la vocecita atiplada, de cu 3- as monótonas cadencias llevaba el compás con su gran cabezota, mal ei guida sobre el cuello raquítico. Estimulado así con los elogios que sugería aquella su charla de papagaj- o, estudió sin freno, al extremo de hcicerse bachiller en cuatro años y doctor en Derecho y Filosofía antes de siete, quedando á la po. stre de su jornada científica con una cátedra de universidad éntrelas uñas, á cambio de acarrearse un estomago dispépsico, la vista miope, la espalda encorvada, el cuerpo sin vigor ni agilidad ni energía, y la cabeza con escaso pelo por fuera 3 abundancia de noticias vagas j- de ideas ajenas por dentro. Va tendría nuestro sabio veintinueve años cuando llegó á sospechar, allá en las intimidades de su sabiduría, que era un hombre como los demás hombres, y aun esto no fué recelo espontáneo suyo, sino que le nació ante el agridulce mirar de cierta viudita cjue traía revueltas en pos de sí algunas voluntades. Junto á esta mujer se encontraron cara á cara, como rivales preferidos, nuestro sabio y un tal Miguel Pérez, condiscípulo de Pepito I osada, á cj uien llamaban en el colegio Miguelón, porque era cerril arisco, y más amigo de pedreas y novillos cjue de estudios. Julia, que así la viuda se llamaba, jugando coquetonamente con el afecto de aquellos dos hombres como un gato jugaría con dos ratoncillos, gustaba de verlos discutir j disputar, porcjue eran los dos tipos más opuestos que imaginarse puede. Jliguel tenía gustos de sportman: cazaba mucho, viajaba bastante, tiraba á la espada, estudiaba más en la realidad que en los libros, sabía lo necesario para sus negocios, 3 era, en fin, sereno 3- reservado; en cambio, nuestro sabio no podía levantar una silla que pesíira seis kilogramos; no veía á tre. s. pasos de distancia; charlaba por los codos, 3 siempre docta 3 5 cdantescamente; 3 aunque no desconocía lo cjue hicieran los fenicios mil quinientos años antes de Jesucristo, ignoraba lo c ue deben hacer en sociedad los hombres de nuestros días. I, a viuda fué invitada por la madre de Miguel á pasar un día en las posesiones de ésta, próximas á la ciudad, 3- como se brindaran á ser de la partida nuestro sabio y dois amigas de Julia, salieron desde la casa de ella al raA ar el alba, todos con Migiv, 1, en un faetón del ciue tiraban dos potros briosos y recién domados. Quiso la desgracia que se cruzaran en el camino con un automóvil 3 que los caballos del coche, espantados con el estridor 3- la velocidad de la máquina, salieran huyendo sin que los pudiera refrenar la mano del cochero. Entonces Miguel saltó al pescante y requirió las bridas, las señoras comenzaron á dar gritos de espanto, y nuestro sabio, que á los primeros vaivenes del coche había perdido el som brero, se agarró, con los brazos en cruz, al respaldo de su asiento. Los dos caballos, más que corriendo, salvaíjan el camino á trancos y saltos febriles, en agitación desesperada, couro bestias despavoridas, levantando brumazone, de polvo y resoplando entre los pe-