Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
las otras dice en la frente de INIarionette: ¿Por qué Polichinela no sabe cantar? -T na sonrisa de sus labios responde: ¿Será hermoso el cantor? -Y como sabroso comentario á la preg unta de la cj ue sueña, desenvuélvense en el aire dorado del mediodía las lentas espirales de una canción cantada á media voz Marionette salta, abre los ojos, despliega los labios, va á gritar: ¡Mi cantor! ¡Suyo! ¿Y Polichinela? ¡Qué me importa- -dice su alma, -si es galán el que canta! Escucharé su canción y no querré verle. Ariel pasa de nuevo. La música de su canción ríe. -Parece que el alma- -piensa la encarcelada- -ha nacido para reir. Acércase á la boca de la cueva. -No debo verle, sin embargo. -Y cierra los ojos. Todo queda en silencio: -Parece que el silencio ef! la muerte del alma. ¿Se habrá marchado? Ariel canta de nuevo. Su canción llora. Una lágrima, que brilla en las pe. stañas de! Marionette. dice- -Bien creo que el alma que no llora, no vive. Y abre los ojos, no por cierto para mirar al cantor, sino para dejar salir el llanto que los anega. ¿Será hermoso? ¡Qué importa! ¡Ojos traidores! sin querer le verían. Y se cubre el rostro con las manos: pero los dedos se apartan formando calada celosía. Nueva canción. Marionette se vuelve de espaldas, y mira las negruras del antro. Silencio. Sm duda se ha marchado. Los ojos de Marionette están cansados de contemplar las tinieblas. Puesto que el enemigo no e. stá allí seguramente, ¿qué mal puede haber en mirar al sol? Y -olviéii dose mu 5 despacio, levanta por un lado el tapiz de malezas que cierra la cueva. ¡Imprudente! ¡A quién se le ocurre levantar la cortina cuando el amor pasa! Ariel no se ha nrarchado. iMarionette al verle, retrocede. Ariel se adelanta, va á entrar. ¡IIa ráse visto osadía semejante! Su entrecejo se frunce en mohín delicioso. Es preciso reprender al osado: per; es también preciso que Polichinela no se percate de la audacia: podría al imprudente costarle muy cara... y haj- que ser compasiva: el atrevido cantor es un prójimo, y á más un chiquillo inexperto. Y firme de ánimo, escudada en su derecho, armada de su buena intención, sale de la caverna, con ademán severo, el reproche en los labios y la indignación en los ojos. ¡Ahora sabrá el señor asaltacuevas, quién es ella, la esposa del sabio! La querella se entabla. ¿Y el sabio, entretanto? El sabio aviva el fuego del hornillo y prosigue su horrible tarea; pero he aquí que el más feroz de los animalejos ha conseguido morderle antes de morir. Y el veneno se ha infiltrado en la sangre del v iejo y corre por sus venas, abrasándole en ardores nunca sentidos. ¡Ay el fresco rostro de Marionette! -En el cerebro de Polichinela suscítanse fantasmagorías extravagantes. ¡Ay el fresco aletea del abanico de IMarionette sobre los ardores de aquella fiebre! ¡Marionette, Marionette! -La llama con los ojos. No está. Descorrida la cortina de malezas, deja penetrar cascadas- de luz. ¿Bónde se fué la siempre reidora t i V te r ti Pr Caminando sobre los rayos de sol, la mirada de Polichinela alcanza allá arriba, muv lejos, en plena luz, á IMarionette y Ariel, que cami. nan juntos; y Marionette ríe, y Ariel ríe, y la s Naturaleza ríe con ellos. Polichinela se desjjlonia. Chilla después j se retuerce, y sus víctimas gritan allá en el seno de los panzudos frascos: ¡Nos hemos vengado! Polichinela se yergue. Ha entrado en cólera: combate contra invisibles enemigos, que él ve frente por frente alineados en orden de batalla. Su cráneo pelado clioca con la. s paredes 3- produce ruidos peregrinos. Polichinela se desploma de nuevo. La risa de IMarionette suena en lo alto como cía rín de desafío. -Cae el telón. G. IARTINEZ SIERRA G I 3 Ü 0 Dií