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en el cual chispean los hierros enrojecidos y lanza el yunque sus vibrantes y alegres notas, tan simpática la sonrisa verde de la parra que adorna los postes, tan de pueblo toda la apacible apariencia de aquel rincón, que contemplándolo se siente usted transportado á cien leguas de la corte, gozando la paz de la aldea, la amenidad inefable del ianco rrador. Pero pronto la ilusión se desvanece: llegan dos caballos enmantados, con sendas cifras coronadas en los v vienen aprobarse los zapatos nuevos, como dos señores aristócratas que se dignan entrar en la peluquería para hacerse prolija toilette. Ya no estamos en el pueblo. Volvemos á Madrid... y no salimos ganando nada en el cambio. F O T S MVÑOZ DE BAENA