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andante, pero no lo fué nunca: no pasó de un ¡natoide inteligente y cristiano viejo, con un gañán níarrullero que le aguantaba y le reprendía. Les he dicho á ustedes que mi héroe se despertó auténtico caballero andante, v así es. Se despertó en pleno siglo... en pleno siglo fabulo. so, en una ínsula de encantamiento, y, con profundo asombro, se encontró armado hasta las uñas, siendo sus armas tan resplandecientes V de tan prolija labor, que se estremeció de orgullo y alegría. Alrededor de su casco, en la empresa de su escudo vio una corona y una rama de hojas puntiagudas formadas por esmeraldas; y una voz cavernosa- -la de un mágico de barba fluvial y birrete de cucurucho- -le hizo oir estas palabras; -Te llamas el Caballrro del Verde Lanrr! y no tienes más remedio que hallar -desencantar á la princesa Bobalina, que e. stá no se sabe dónde, escondida por encantadores malignos. Animo y buena suerte; mi protección te acompaña. Te esperan trabajos sin cuento. ¡No desmayes! Lo de los trabajos no dejó de hacerle cosquillas á mi héroe; cosquillas primero de temor, de estímulo después: en su voluntad sintió como los efectos de un niasage; fibras tendidas con energía, nervios tranquilos, sangre altiva, circulante y caliente. ¡Caballero del J n- de Laurel! repetía en su interior. ¡Esto me compromete, e. sto me obliga á tantol- -Lo diabólico, lo fatal, era no so. spechar ni remotamente hacia qué parte caía el escondrijo de Bobalina la princesa. Cabalgó el caballero su blanco corcel, generoso bruto qne devoraba el espacio, y no sabiendo adonde dirigirse, resolvió ir siempre cara á Levante. Salió muy de madrugada... y les ahorro á ustedes el circunstanciado relato de las peripecias de su odisea. Imagínense ustedes lo más romancesco, lo más pintoresco, y también lo más molesto para un burgués acaudalado y pacífico. Arriba y abajo por montes enhiestos y valles hondos; vadeaduras de ríos caudalosos y travesías por mares crespos; naufragios y salvamentos increíbles; saltos de torrente, bajadas á crátei es de volcanes y á grutas pavorosas, donde se abrían abismos entre precipicios no sondados; los bloques de hielo del cíi- culo ártico y las fluidas brasas de la faja ecuatorial; las selvas intrincadas del África y las estepas interminables del Asia; y más terrible que la Naturaleza, el hombre, el peor enemigo del hombre; el hombre negro, amarillo, rojo, cobrizo, cetrino, sonrosado, albino, en ati. sbo para acometer y destruir, preparando asechanzas, inventando armas que lleven el sello de las inclinaciones feroces de su condición malvada. INfi héroe fué acometido con el hoomi- rnng australiano, con el rifle canadiense, con el nioscjuete español del Renacimiento, con el bolo filipino, con eljnachete mambís, con la emponzoñada flecha javanesa, con el Winchester inglés, con la navajaza chula, con el gladio romano, con la pica griega... ¡Con toda la armería! ¿Pero en qué época sitúas á tu señor héroe? -saltó Zaguer. -Ya te lo he dicho: ¡pleno siglo fabuloso! El caso es que mi héroe, aunque tantas veces en peligro, salió vencedor gracias á su espada, que era de las llamadas encantadas ó clrceas, con la empuñadura de narval llena de reliquias, y partía por la mitad, de un golpe, á un jayán ó á un tronco de árbol. Mas con todo eso, v c l3 er ya rehendido á cinco ó seis gigantes, descabezado átres enuriagos, dado su merecido á infinitos malandrines, el Caballero del Verde Laurel no acababa de encontrar á Bobalina la princesa. Ni en el fondo de los lagos, donde crecen algas como cabelleras de mujer; ni en las entrañas de la tierra ni en los subterráneos de los castillos; ni en las criptas de las misteriosas iglesias bizantinas, donde reposan los cuerpos santos, incorruptos, ni, en fin, en ninguna parte, lo que se dice en ninguna, acertó á descubrir, de princesa semejante, el menor rastro. -Y entonces, ¿qué sacó en limpio de tantos trabajos el Caballero del Verde Laurel -Poca cosa... -murmuró Silvio. -Que una tarde, al sentarse, rendido de tanto pelear, resuelto, sin embargo, á no rendirse, bajo una encina frondosa, adivinó... que nunca encontraría, ni la desencantaría, á la princesa, pero que ya se había encontrado y desencantado á sí propio! ¿A sí propio? ¡Vaya! -Y el artista clavó los ojos en el retrato del violinista ruso. DIULMOtí Üli MliiNUliZ líLilNí; EMILIA PARDO 3 AZAN