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fíuslao aquellas lágrimas, se habrían enterao también de que amargaban más que la retama verde, c ue la quina y que la tuera méselas. Por fin, gorviéndose hasia la rnujé, que no veía el momento de tomar la puerta, le dijo con muchísimo sentimiento: ete, madre infelis, vete y confía en Dios. Así que se quearon solos los dos judíos, Abraham se dejó caer de gorpe en un sillóii, desmadejao... como los aviones cuando les dan cañaso. ¡Probé muchacho! -murmuraba. ¡Probesito Manase! ¿Cómo no lia de camelar á Rebeca más que á las niñas de sus ojos, si es tan bonita como los rosales de pitiminí y las diamelas cuajaítos de flores y más buena que la harina con que hacen las hostias? -Él rabí se jizo cargo de que había sonao la hora de quitarse de en medio, y se despidió como púo de Abraham. olverá su mersé, verdad? -le dijo é. ste. -Gorveré. -Pues señó, verde y con asas, -iba pensando Sabulón. -ElJusto le afanó la novia á Manase, y aluego se contenta con compaeserle; no está mal; lo dicho, que Abraham no tiene salvasión ni pué ser mt compañero en el Paraíso. Pocos días después, en la mesma sala de aquel palasio se juntaron muchos judíos catalanes, gente prinsipal vestía con la ropita de cristia... quiero desir de los días de fiesta. Habían dao ya las orasiones y el estrao estaba de flores y luses como el menumento de la catredal de Sevij a, aunque sea mala comparansa, cuando se abrió de par en par una gran puerta del testero, y rodeao de pajes y donsellas entró el señó Abraham trajeao como de boa. Traía cara de difunto y daba la mano á una mosita... ¡Qué niña, várgame un divé! más bonita era que 1 salú, la riqtiesa y la alegría, las tres en una piesa. Buenas de verdá eran también sus galas, pero al lao de su cara... guiñapos no más. El rabí Sabulón, que seja -aba entre los convidaos, abrió tanta boca, que se le veía la campaniya, no malisiándose en qué pararía aqueyo. -Maestro- -le dijo Abraham en cuanto lo vio, -ésta es Rebeca, la novia: ¿quiere su mersé escribir los esponsales? -Con fina volunta, -respondió el rabí, y se arrimó á un riquísimo bufete, calándose unas antiparras que paresían los cristales que yevan las locomotoras. -Venga de allí, señor Abraham, -añadió luego con su m. ijita de pitorreo. ¿El nombre de la novia es... -Rebeca de Éirianuel. -Ke... be... ca... de Erna... nu... el. Ahora el de iisted. -No, maestro; ahora el del hombre á quien Rebeca quiere: el hijo de la probé viuda, Manases. Yo no figuro en la serenionia más que como padrino, y en e. ste supue- to, regalo á los novios toíta mi ha- sienda. Or. e entre el espuso de R e b e c a comiense la fie- sta en n palüi o. Esto es hecho, niaestro: d é m e su mersé la mano pa que se la bese, y cj: ueden con Dios los presentes. Eutonses el rabí Sabtilón, enternesío ha. sta los tuétanos, cayó de rodillas exclamando: -Perdona, Abraham; el indirno soy yo de ser tu compañero en el Paraíso. Así terminó su relación la tía Norica, alargándome la mano abierta para recibir lo ofrecido; y como yo, por oírla, le preguntase que cuál era la moraleja del cuento, la gitana vieja, un tantico amoscada, me respondió; ¿No te se alcansa su intríngulis y mucho sen tío? Pues mira tú, colegial, está más claro que el agua de la fuente del Avellano. Es el toque, que pa Dios, lo mesmo entre cristianos que entre los judíos, vale más, pero mucho más. el que da trigo que el que predica; ¿te enteras? DIIÍU. I03 DE RECInOIÍ. E E CONDE DE LAS NAYAS