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0 N juveniles en el espíritu ni sangre roja en el cuerpo. El tráfago continuo del- gran mundo ha fati, gado sus fuerzas y sacudido sus nervios; padece el mal de la vida de aglomeración, la neuras tenia. El disfrute vertiginoso de placeres y sensaciones ha atrofiado ya su sensibilidad, consumiendo rápidamente el tesoro que cada espíritu posee y debe ir gastando con graduación y medida. Sufre la enfermedad moral del día: la consunción del alma: postraciones de la voluntad, desesperanzas y cansancio, cansancio doblemente peligroso cuando apenas se ha empezado la jornada. El es un mozo robusto de cuerpo y fuerte de músculos, porque los ha educado en los deportes y gimnasias de la moda, que provee á lo físico cuanto desprovee á lo intelectual. Es un hombre de veinticinco años, con un alma de viejo calculador. Alma comida por el corrosivo del siglo, el interés, no siente con verdadera pasión otro amor sino el de la dote matrimonial. Ambos se aman todo lo que pueden amarse; él ve en ella una distinguidí, sima estatuilla que decorará encantadoramente su salón y su palco del teatro; ella ve en él al futuro vencedor del campeonato de automóviles ó bicicletas. ¡Una gloria casi napoleónica! Pero no profundizan más en el amor: no explotan los hondos veneros ocultos más allá de esa superficie sin substancia. Para ellos no es nada aquella Naturaleza tan amiga y aveces tan cómplice de los amores y de los enamorados. No buscan la íntima estrechura de los senderos, porque... la bicicleta no cabe por ellos. No elevan sus almas en la grandiosa soledad de la montaña por no descomponerse en la ascensión. No se miran reflejadas sus ansiosas pupilas en los espejos de la laguna, porque en ella hay mosquitos que estropean el cutis. Ved por otra parte á esos dos zagalones montaraces, fuertes, ágiles, frescos, coloradotes, henchidos de sangre y de alegría. ¡Cómo gozan, cómo ríen viéndose á solas en el pico de la montaña, en lo sombrío del bosque ó en la revuelta del sendero, dueños absolutos del espacio, señores de la soledad y arbitros de sus corazones! Son el macho y la hembra que se buscan por la instintiva atracción. Ea Naturaleza, su hermana, les ofrece secretos negados á los extraños, placeres no entendidos por los que están lejos de ella. No beben el auroren el refinamiento de vasos artificiales; lo beben con la viveza y fi- escura del agua tomada en la boca del nacimiento, Ved, por úhimo, esotra pareja, dos viejos que han consumido sus años en el gran mundo. Piden al balneario alivio para sus dolores y medicina jaara sus achaciues, se aproximan á la Naturaleza demandándole á última hora lo que menospreciaron en las horas largas de la vida. La tierra les da los salutíferos licores de su seno, como la madre amorosa da sus pechos al hijo hambriento. Estirados, compuestos y retenidos, los viejos cortesanos parecen mejor que los dos viejos campesinos de enfrente, los cuales, azotados por el viento, arrugadas las manos por el trabajo, descuidados de la limpieza y faltos de atavíos en sus personas, aparentan más edad de la que tienen. En cambio sus miísculos están fuertes, sus visceras sanas, sus miembros ágiles, vivas sus fuerzas moi ales, casi intactos sus sentimientos y enteras las alegrías del alma. La vida campestre corre más afuera que la urbana: corre á flor de la piel, desluce y avejenta lo exterior y conserva más lo interior; de nuestros cuatro ancianos, los unos llevan la vejez dentro, los otros fuera. Y después, cuando llega el otoño y el campo se desnuda su verde ropa como despidiendo á los huéspedes veraniegos, volverán á sus ciudades las parejas de niños, de jóvenes y de viejo- s, tostados del sol y nutridos de oxígeno, con resistencia para el combate destructor de la vida urbana, salud y energías prestadas que son como las provisiones que la buena madre Naturaleza entrega para el viaje á los hijos que se separan de ella. Y entretanto, los chicuelos de la plajea, los mozos del valle y los viejos del caserío seguirán con sus fuerzas perennes y sus alegrías continuas. Porque alguna ventaja en el cariño y alguna mejora en los dones han de lograr los hijos cariñosos que permanecen invierno y verano, día y noche, al lado de la madre. Y algún castigo han de padecer los descastados que se desnaturan para irse tras el artificio de la sociedad, madre postiza del hombre. EUGENIO SEELÉS