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p N el verano, la vida pertenece á la Naturaleza. El hcímbre la busca como apelación contra sus mismos rigores, y para defenderse de ella no halla nada mejor que irse á ella. IYOS renegados, los ingratos, los que por el vicio de la aglomeración dejan los campos, las aldeas 3- los poblados rústicos para vivir estrechamente en ciudades populosas, reciben en su propia culpa la penitencia. La Naturaleza los castiga con la suspensión de sus beneficios; les abrasa encerrándolos con el calor, y les ahoga privándoles del aire de los montes y de las aguas de los mares, consuelo y solaz qvie la Naturaleza guarda para los hijos que no la abandonan. Pero la buena madre perdona la ingratitud, y en cuanto presiente que con el verano vendrán los hijos emigrados, se alegra y se prepara, y desde el gran árbol fa tuoso hasta el arbrrsto humilde, se visten con sus pompas para recibir dignamente al rey y señor de lo creado. ¡Con cuánto anror y mimo le acoge y agasaja! Previénele anchos toldos, verdes como pabellones mnslímicos, para guardarle el el sol cuando le ofenda. El viento que le bate en invierno le refresca en estío. Las aguas frías, temidas antes, son ahora baño de placer. El hombre, esto es, el hombre que puede, se acerca á la Naturaleza, y al igual de las hormigas que salen de sus viviendas subterráneas para hacer su provisión de invierno, el hormiguero humano sale de sus ciudades cerradas para hacer su provisión de salud y fuerza que ha de gastar en el gran hervidero de la ciudad. El cortesano y el campesino, el que consume y el que produce, se juntan pasajeramente en la casa de la madre común; uno como huésped convidado; otro como amo, y eso que es el pobre, el colono; pero cada cual es rey en su casa. La Naturaleza, inmutable, igualitaria y sapientísima, tiene sólo un trato para todos; no admite naciones favorecidas ni reconoce privilegios de exención. Trata lo mismo al cortesano que al campesino, al poderoso que al necesitado, al plebeyo que al aristócrata. Repárteles por igual los beneficios y por igual las incomodidades. El sol les caldea á la misma hora, y la brisa les refresca en el mismo lugar. Si la flor del campo perfuma á los dos, á los dos pincha la zarza del sendero. Para los dos canta el pajai illo, y á los dos zumba y pica el cínife. El bosque sombrea á los dos, y sobre los dos cae la hoja seca. Para los dos sube el agua saludable del manantial, y encima de los dos desciende el agua de la nube. Pero si la Naturaleza es jiista y equitativa en el reparto de sus dones y sus cargas, la educación y la costumbre, corrompiéndola y alterándola, reparten desigualmente las aptitudes y fuerzas para gozar de los dones y sufrir las cargas naturales. Ved, por ejemplo, aquella parejita de niños cuidados con esmero, como plantas en estufa. Demasiado vestidos, tanto por la mucha elegancia como por el mucho abrigo, ocultas las cabecitas bajo amplios sombreros, y protegidos los pies por zapatos de goma, juegan y saltan en la playa, en la inevitable compañía y bajo la inspección de la institutriz inglesa, alta y rubia, y hasta áspera como una caña seca. ¡Y cómo gozan aquellos menesterosos de Naturaleza con la mediana libertad que les permite la vigilante institutriz! ¡Cómo les maravilla todo aquel espectáculo nuevo para ellos: el tumbo de la ola, la concha pegada á la roca, la madeja de algas! Ved ahora aquellos dos pilluelos de playa. Corretean solos, sin cuidados propios ni ajenos, medio desniídos y descalzos, las cabezas al sol y los pies en la humedad. No gozan con aquel espectáculo, porque tienen abono diario á él; no les asusta la ola qi; e viene, porque todas las mañanas las aguantan mar adentro, en la lancha pescadora de sus padres; no les entretienen los pececillos, porque para ellos son objeto de lucro y no de recreo. Pero nn día de descuido, los niños cortesanos toman un baño de sol ó una mojadura, ó los sorprenda una nortada, y les sobreviene la enfermedad, tal vez la muerte, mientras los chicuelos de enfrente, plantas de campo, se curten con el viento, se coloran con el sol, se lavan con la lluvia y se fortalecen con la desnudez. Ved ahora otra pareja. Ella, nna muchacha de veinte años, desmedrada, paliducha y lacia, sin alegrías