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-IvO que yo necesito es un cañero, y que á esos señores les sirva lo que pían, y que al Cacaratusa le traigas una copa de marrasquino ú de licor de rosa, ú de otra cual esquiar bebía de las que beben las luvijerés. -Y al decir esto miraba al Cacaratusa despreciativamente. Este se puso intensamente pálido; se mordió los labios, y repúsole al viejo con acento tembloroso: -Muchas gracias; pero esta noche no tomo más que jarabe pa la tos, porque estoy mu delicao der pecho. -De vergüenza y de cutis y de cosas de hombre es de lo que tú andas mal. ¿Pero qué es eso, señor Cristóbal? -exclamó incorporándose el Pimporrio. ¿Usté no sabe que lo que no es de macho es fartarle al rispeto á un hombre cuando este hombre tiée grillos en los pies y esposas en dambas manos? -Déjalo tú- -exclamó el Mochilero con voz irónica; -ya se cansará de cacarear y de rizar la pluma, y j- a se irá á su casa á sudar el costipao. C á hombre, cá; yo no me voy esta noche á mi casa jasta cumplir la promesa que le he hecho al santo de nii devoción, de ponerle á ese hombre cinco déos ú diez en la cara. Y al decir esto incorporóse el viejo y avanzó, trémulo y amenazador, hacia el Cacaratusa, el cual, incorporándose también rápidamente, con el rostro horriblemente contraído, exclamó dirigiéndose á su adversario: -Otro hombre que me hubiera dicho la mita de lo que usté me ha dicho, estaría ya pidiéndole á Dios perdón de sus culpas; pero usté, usté sabe que yo a usté no pueo ni siquiera alevantarle la mano, y por eso viene usté tocando clarines; pero yo le perdono á usté y yo le pío que se vaya y que me deje tranquilo; mire usté que pué rompérseme el cordaje, y... -A ti no se te rompe ná, y tú no mereces más si no que te mojen la cara, -exclamó, interrumpiéndolo violentamente, el señor Cristóbal, al par que cumplía la tremenda amenaza. Y una hora después narraba el Pimporrio Cn el liondilón del Contreras el desenlace de la escena que ya. conocen los que nos leen, del siguiente modo: ¡Cámara! Caballeros, cuando el señor Cristóbal le hiimedeció de tan mala manera el cutis al Cacaratusa, pegó éste un briiLco, como si fuera á tirarle un mordisco á la estrella polar, y el viejo metió mano á una cachicuerna, que era la luna en creciente, y se fué pa Juanico con las de Caín; pero Juan dio un recorte, qtie me rio yo de los del Guerra, y trincó al viejo y le quitó el estilete, y de un zama- rreóii le p u s o panza arriba, y asín cjue lo pliso panza arriba lo alevantó y le degolvió la cachicuerna, y le dijo con cara de muerto qi que ya tenía él bastante güenza de que un hombre le liLLuicia la que nos miramos en el espejo. -Y el señor Cristóbal ¿qué dijo? -prer untóle al Piíaporrio el Kiño de la Cancela. ¿Oue qué dijo? Pos el hombre platicó como un libro; se metió la navaja en la faltriquera; se queo mirando aturrullao al Cacaratusa, y endispués le dijo que ná de lo que jace un padre con un hyo ofende, V que tó se podía arreglar, que él daba su premiso pa que se casara con su Toñita; y na, caballeros, que se dieron dambos las manos, y que dentro de ná se casarán Toña y el Cacaratusa; y la verdad es nue si no fué chico el desgarrón, no va á ser malo el surcío. Y terminada su narración, escupió por un colmillo el Pimporrio, y alzando la copa, tras mirar atrasluz el contenido, apuróla de un sorbo, dio media vuelta y alejóse, contoneándose gallardamente, al par que se limpiaba el bigote con el dorso de la encallecida mano. ARTURO R E Y E S DiiiLMOs DE l JK IÍIILNOA