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-Ya lo sé yo, y por eso te pío que t e n g a s pasencia, y sobre tó, lo que te pío es que si mi padre te busca la boca, que me parece á luí que te la va á buscar, que no toques á rebato; mira que eso sería lo único que pudiera asepararme de ti, mira que esa sería la mortaja de nuestros quereles. -Que se te quite eso de la cabeza; eso no pué pasar, y un di é no querrá que pase. -Bueno, vete ya, Jtiauico; v; te ya, por los ojitos de tu cara. -Pos jasta mañana, lucero. -Jasta mañana, martirio. Y alejóse lentamente el Cacaratusa, no sin volver cien veces la cabeza antes de trasponer por la esquina, con el corazón repleto de inquietudes y de cariño. III Los parroquianos de Pepe el Pelambre llenaban el patio del hondilón, en animados griipoSj disfrutando, bajo el estrellado cielo, de la templada brisa de aquella noche cálida y luminosa. Entre los varios grupos que en el patio discutían, jugaban al dominó y bebían al par más de lo que el cerebro más privilegiado resiste, destacábase aquél en el cual lucían sus apuestos continentes los pontífices de la valentía, los que por aquel entonces, acaudillados por el Cacaratusa, ejercían la dictadura y hacían temblar y tomar el olivo á todos los pobres de espíritu de los barrios de mi tierra. -Pos sí, señores- -decía el PimpoTrio con acento bronco y simpático; lo sé de mu güeña tinta: el señor Cristóbal dice que nandi, que naranjas chinas; y esta mañana en casa del Tomatera ha jurao que antes de que se case J u a n con su hija, á ella la empareda y á él le da un metió, que no va á recibir ni el santolio tan siquiera. -Esos son faroles y gárgaras de malyabisco- -exclamó con tono desdeñoso Jpseíto el Caracola, al par que se alisaba el negrísimo pelo. -Según y como le pille el ctierpo al señor Cristóbal, que no es el hombre triste cuando se repica á macho, dijo con acento grave el Mochilero. -Pos lo que sá menester es que el Cacaratusa no alevante la mano, porque si la alevanta, se le va á desfigurar el perfil al señor Cristóbal y no lo va á conocer ni la familia. -A ver si sus calláis, que ahí está Juan, -exclamó el Caracola al ver penetrar en el patio al Cacaxatusa, el cual llegó junto á ellos con el semblante contraído y la mirada sombría. -Caballeros, güeñas noches, -exclamó éste sentándose en la silla que le ofreciera el Mochilero. ¿Qué es lo que te pasa? -preguntóle el Pimporrio, -que parece que te han pisao un pie y no te han dicho que dispenses. ¿Qué quiés que me pase? Que vengo juío, pero juío dertó; que llevo una hora jugando al pilla pilla con un marrajo que se ha emperrao en empitonarme por el lao dizquierdo, y mírenlo ustedes, ya me lo temía, ya tenemos ahí esa malahora. Y al decir esto, señalábales disimuladamente á sus amigos al señor Cristóbal, que acababa de penetrar en el patio, jadeante y sudoroso. -También me lo temía yo- -exclamó el Mochilero, en los ojos del cual hubiérase podido notar mal reprimida expresión de júbilo; -ya me lo habían dicho á mí; como que anda diciendo que si te va á jacer y que si te va á acontecer, por sembraos y por barbechos. El Cacaratusa posó una mirada de sombrío reproche sobre el que acababa de hablar, y exclamó después con acento reposado: ¿Y qué se le va á jacer? ¡Aguantaremos el hipo! -A ver tú. Quisicosa, -exclamó en aquel momento el señor Cristóbal, sentándose casi junto al grupo de nuestros conocidos y dirigiéndose al mozo de la taberna. ¿Qué es lo que usted manda? -preguntóle éste acercándose al viejo y sonriéndole, al par que pa saba el paño por la mesa.