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Contra viento y nnarea I R U A N D O el señor Paco el Cantarero penetró en el patio, encontróse en él al señor Tobalico el Cantini plora, que en naang- as de camisa y casi al aire el robusto pecho, sentado en un gran sillón de brazos, bufaba, sudoroso, á la sombra de una añosísima higuera. -Vaya un diíta, Tobalico, pa que cacemos cigarrones, -exclamó el recién llegado, quitándose el amplio cordobés y limpiándose el sudor con un pañuelo de vistosísimos colores. -Dímelo á mí- -repúsole con voz fatigosa el señor Tobalico; -dímelo á mí, que tengo un grifo en cá poro. ¿Y qué, qué es eso? ¿no sales hoy? -Hombre, sí; pero tengo que esperar á qire venga mi hija, que ha dio á casa de la costurera, pa no dejar sola á mi probé baldaíta. -Y á propósito de tu hija: me han dicho... -No jabíes de eso- -exclamó, interrumpiéndolo, con voz airada el Cantimplora; -no me jabíes de eso, que esa es una custión que me muerde, y no hay bocao suyo que no se me encone. Y al decir esto, le centelleaban sombríamente al señor Tobalico los azules. ojos. -Vamos, hombre, no seas asín; ¡pos ni que fuese el Cacaratusa un sacamantecal- ¡No me fartaba má sino que tú también metieras el cuerpo por ese hombre! -Yo no meto el cuerpo, ni tan siquiera el canto de una uña por él ni por nadie, porque pa mí lo primero es lo primero, y lo primero eres tú; pero es que á mí me parece que tu estás dequivocao; que has toniao mal, camino; que por la tremenda, en custión de quereles, no se va más que á jacerlas cosas con pique y con repique, y que, además, el Cacaratusa no se merece que se le niegue, como tú le niegas, el pan y la sal, y jasta un Jesús á un estornudo. ¡Qué disparate! ¡pos si el Cacaratusa está pidiendo á voces una mitra y un cayao, y una puñalá bien medial- -Yo no digo eso; ¿pero qué se le pué echar en cara, vanios á ver? ¿Que tié nueve ó diez chorreles, y que no tié para alimentarlo más que el canto de dos pesetas? ¿no es asín? -Te parece poco, ¿verdad? -Te diré; es que pa mí esos no son deferios. ¿Que no tié o Pus con eso no tendrá que dir á que le corten el cupón. ¿Que tié nueve ó diez churiimbelc: Pos son nueve ó diez certificaos de buena condurta, y nueve ó diez puñao de esperanza pa los fabricantes de biberones ú de harina larteada; ¡eso es! -Déjate de bromas, Paco; mira que ese gachó es una ruina pa cualisquier mujer, y no me he estao yo mirando veintiocho años en mi Toña pa farturarla en gran velocidá á la estación de la pena y de la de pasar fatigas con un hombre que será tó lo güeña presona que tú digas, pero que no pué jacer la felicidá de la que yo mandé venir al mundo pa recreo de mis ojos. ¿Pero tú no comprendes que cuando el Cacaratusa se arrima es porque ella no le arma en ciorso el perfil, y que cuando no se lo arma en corso, sabiendo como sabe que eso pa ti es jiel y sarmuera, es porque está embraga der tó por el Cacaratusa, y que cuando una mujer está embraga Dios no le pica el embrague, y que si tiras por la calle de enmedio y calas la bayoneta ellos van á formar el cuadro y no vas á conseguir más que darle dos cuartos al pregonero y darte tú dos sangrías ú tres, ú las que disponga el médico?