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-Hombre... ¡perdónale! -suplicó ella. -iPobrecillo! -Nada, nada... liay que acostumbrarle. Peor rato paso yo que él. Y sin postre se quedó aquella mañana el descuidado pequeñuelo. Garlitos, que cogió una rabieta más que regular en cuanto se fué su padre, tranquilizado pronto merced á la maternal indulgencia, simbolizada en una manzana sabrosa, continuaba muclias horas después entretenido en su leoicra, completamente olvidado del triste suceso. Había colocado sobre una mesa, en correcta formación, todos sus soldados de madera, con la artillería flamante, sus briosos caballos, bandas de músicas (aunque sordas) carros de Administración militar, banderas- ¡las picaras banderas que tantos disgustos ocasionan! -y hasta globos para la brigada de Ingenieros... Un gran ejército de inválidos, porque era raro el militar que tenía sus miembros completos. Como había sobradas fuerzas para dos bandos, Garlitos concluyó por ponerlos frente á frente, y actuando él de autoridad directora y ejecutiva, dio comienzo una lucha más terrible que cuantas recuerda la historia; baste decir que quedaron sin cabeza las do. terceras partes del ejército. Mientras Garlitos procuraba esconderse detrás de la mesa, el capitán avanzó hasta el campo debatalla y examinó atónito los restos del combateDe pronto soltó una ruidosa carcajada. ¡Brava gente! ¡Así me gusta! ¡Valiente zafarrancho han armado... -y seguía riendo como u chiquillo. Garlitos entonces se atrevió á salir de su escondite, y el capitán le cogió en sus brazos para b e sarle con efusión. ¡Caramba! ¿Sabes que la cosa ha sido seria? Pero está bien, sí, señor, ¿porqué he de decir otra, cosa... H a b r á que traer más soldados, porque éstos ya no pueden pelear... ¡Por vida de la guerra! Después de una pausa añadió: ¡Y yo que creí encontrarte llorando por lo de. esta mañana! Pero veo que eres todo un hombre. Así te quiero... Mira, mira lo que te traigo; ¡estanoche sí q u e tienes postre bueno! Garlitos se precipitó sobre un paquete de bombones que le presentaba su padre; y perdido ya ef miedo, exclamó con infantil malicia: ¡A ti que tanto t e gustan! ¡Qué lástima! ¿NoIos vas á comer? ¡Pues no he de comerlos! -Como no has saludado á la bandera... -Y con el dedo meñique señaló tímidamente al emblema de la patria, que llevaba sobre los hombros U J soldadito descabezado. Enardecido en la terrible jornada, difícil es. predecir el término que hubiese tenido ésta, si á las siete de la tarde y cuando iba á ser decapitado un general con todo su Estado Mayor, no llega á presentarse de pronto el padre de Garlitos, que Tolvía del cuartel. ¡Etitonces sí que tuvo miedo el aguerrido muchacho! ¿Qué iba á decir su papá cuando viese aquella hecatombe? DIBUJOS DE ESTEVAN J 31 capitán, con mucha em óción, contempló á su. hijo un instante, se dirigió á la mesa, cuadrándose allí, grave y majestuoso, y dijo luego: -Estoy conforme... sí, señor; tus soldados n c han de ser meiios que los míos. Me quedo sin postre. En seguida se volvió de espaldas al niño para limpiarse una lágrima de orgullo paternal que he hacía cosquillas en las pestañas. LUIS G O N Z Á I E Z GIL