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Soldados y Banderas í ARi, iTos, un monigote de cinco años, oyó desde la escalera redoblar los tamb. ores anunciando el regreso de la parada, y ágil como una ardilla subió hasta su quinto piso. Ya tenía la puerta abierta, y sin detenerse llegó al balcón al mismo tiempo que los soldados asomaban por una esquina de la calle. Avanzaban las anchas íilas ai compás de la charanga, entre un enjambre de mozalbetes, más derechos que el cabo de gastadores. I as bayonetas brillantes, los colorines de los uniformes, el flamear de la bandera y el movimiento rítmico y marcial del batallón en marcha, encendían de entusiasmo á los hombres, mientras las mujeres dejaban las faenas domésticas para salir, con el alma en los ojos y sus chiquillos en brazos, bailando al son de la música. Garlitos, desde su balcón- -tan alto que parecía tina jaula en el tejado, -brincaba lo mismo que un pajarillo inquieto cuando pasó el batallón ante sus ojos. El padre de Garlitos, capitán ya algo veterano, que marchaba al frente de su compañía, detrás de la bandera, levantó un momento la vista adonde estaba su hijo, t ero sin retardar el paso m perder la seriedad que 1? ordenanza e x i g e en actos del servicio. Se alejaron los soldado? rápidamente calle arriba; Is b a r r e r a de curiosos entusiastas se deshizo detrás de ellos; se fué perdiendo poco á poco el ritmo alegre de la charanga... y á los cinco minutos ya no quedaba del desñle más que el eco de lejanas trompetas, escondidas en la Puerta del Sol á los ojos del niño. Garlitos permaneció todavía mirando á la calle, más de una hora, en éxtasis infantil, hasta que le hizo volver á la realidad la voz de su madre que le llamaba desde dentro. -Kiño, ¿qué haces ahí... ¿No sabes que ya ha venido- papá? Garlitos se separó del balcón al mismo tiempo que en la puerta aparecía su padre, con el pecho cubierto de cruces y las mejillas surcadas por dos cicatrices de s e n d o s charrascazos, conquistados años atrás en la guerra. El capitán dio un beso á su hijo, y aparentando en la voz un enfado que contradecía la placidez de sus ojos, le dijo: -Cuádrese usted... ¿Qué hacía u s t e d a n t e s en el balcón? -Esperaba á los soldados contestó el pequeño, cuadrándose con gravedad cómica ante el superior ordenancista. El capitán se atusó el bigotazo y refunfuñó entre dientes; -Bien... ya hablaremos... Ahora á almorzar... ¡Toque de rancho! Y se dirigieron los tres al comedor. Fué un almuerzo silencioso, porque la fingida seriedad del padre no se interrumpía un solo momento, haciendo dudar á su mujer si estaría realmente disgustado; pero el capitán no habló hasta que pusieron en la mesa unas manzanas riquísimas que á Garlitos le gustaban mucho. -Ya sé que tú no quieres postre, -le dijo. ¡Sí quiero... -exclamó el pequeño, abriendo asombrado los ojos. -Vamos á ver... ¿Qué iba delante de mi, en el batallón? ¿Delante de ti... -Sí; inmediatamente delante. El niño bajó la cabeza ante la enérgica mirada del capitán y murmuró con voz débil: -Iva bandera... -Eso es; y usted tenía la gorra puesta. -Se me olvidó... -Pues ya sabes lo que te he dicho otras veces: cuando no se saluda á la bandera, no hay postre, De modo... Garlitos se puso muy colorado, y reprimiendo el llanto á duras penas, se fué de puntillas, más amedrentado que un conejo. -Es necesario que aprenda. -dijo el capitán á su mujer cuando quedaren solos.