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-No vayáis al monte de Betela- -interrumpió el solitario. -El tinicornio os atravesará con sii lanza. Guiomar sacudió la cabeza. ¿Qué. importa? Atraeré con mi mentida honestidad perfecta al fero animal. Cuando furioso por el engaño se cebe en mí, acudiréis vos con varios saeteros hábiles que nos acompañarán, y aprovechándoos del encarnizamiento del monstruo, le mataréis, adquiriendo de tal suerte su asta maravillosa. Doña Guiomar exigió luego al cenobita secreto absoluto sobre cuanto acababa de decir, y desoyendo sus exhortaciones hizo qvie la acompañase hasta el monte, en unión de algunos arqueros muy diestros. Allí la valerosa doncella adelantóse, dejando atrás á sus compañeros, quienes la seguían á alguna distancia, disimulándose entre los arbu, stos. Doña Guiomar anduvo largo rato sobre el fino césped, donde blanqueaban grandes manchas de margaritas, que poco á poco se unían formando otras ma 3 ores, anegando con la masa de sus cálices la hierba corta y verde. Conforme adelantaba doña Guiomar en su camino, veía aparecer sobre las margaritas enhiestos penachos de azucenas, redondeados matorrales de florecido espino, orondas peonías de color de nieve. También los árboles abandonaban el verdor intenso de sus hojas, que empalidecían adquiriendo todos los matices del blanco, desde el brillante de la nácar hasta el enfermizo del marfil. Los troncos y las ramas rejaedaban columnas de mármol y de alabastro, y sobre ellos los musgos se adherían semejantes á albos encajes petrificados. En el ramaje, las hojas se amontonaban lucientes, limpias, fundiendo st: s tonos diversos en un matiz único, virginal, ultraterre, stre, sobre el que pasaban lentos vuelos sedosos de palomas. Entre aquellas fantásticas plantas pasaba doña Giiiomar, cuyo vestido de rojo damasco bermejeaba rozando los candidos tallos y las purísimas corolas. Al fin llegó la doncella á un claro, y donde las peonías, los espinos y las azucenas crecían apretados como espigas en un campo en el cual las margaritas trazaban un sendero que conducía á una elevación del terreno donde apretaban sus cabezas de oro y las dentadas hojas de su corona, formando un á modo de trono. En él se acomodó doña Guiomar. JSTO esperó mucho, pues pronto oyó un relincho y vio aparecer por el extremo de la senda al fantástfco dueño de aquel dominio. El unicornio tenía el aspecto de un caballo. Mas la nobleza de su origen se revelaba en la crin luciente que le vestía el cuerpo con coraza de plata, ea lapúrpiira imperial qu. e ensangrentaba su altiva cabeza y en el fuego insostenible de sus cerúleos ojos luminosos. Entre ellos crecía el asta teñida de negro, rojo y blanco, cuyo extremo se afilaba reverberando la luz é irisándola con mil matices. Alre. dedor del maravilloso animal revolaban dos palomas, persiguiéndose y posándose alguna vez en el cuerno rutilante. Al ver el unicornio á doña Guiomar se dirigió hacia ella, contoneándose como un corcel coquetón. Sus crines ondeaban al viento, finas y argentadas, y en el azu. 1 incomparable de sus pupilas mirábanse, ív ¡f dMi se los cálices vecinos. Relinchó armoniosamente, se acercó más, y de pronto, de u n salto, llegóse j u n t o á doña Guiomar, quien, temblorosa, se p u s o en pie y arrojó su ceñidor al cuello del unicornio. Este, sin sacudir el blando yugo, miró á la doncella con fijeza. El instinto sobrenatural de que se hallaba dotado le hizo descubrir en aquel alma la huella de unos labios, y rompiendo d e una sacudida el cinturón, arremetió contra la infeliz, atraves ándola con su terrible lanza, Al grito que arrojó la moribunda acudieron los saeteros, y con sus dardos mataron al mágico animal. El eremita acercóse á doña Guiomar, bendijo su agonía, y mientras los saeteros arrancaban de l a frente del unicornio el asta maravillosa, aquel santo varón dijo suspirando: Parte en paz de este mundo, alma infortunada, y confía en tu perdón, pues con tu pecado hiciste más bien que otras con su virtud perfecta. MAURICIO L Ó P E Z ROBERTS tíIElTJOS- ÜE MÉNDEZ BEI GA