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descoiLsuelo por tal penuria f u é grandísimo, pues veían muerto á su padre si no bebía líquido tan maravilloso. El ermitaño las consoló en algo diciéndoles: -No lloréis, lindas damas. Aunque los unicornios son a n i m a l e s extraordinarios y escasos, yo sé de un monte adonde a c u d e alguno que he entrevisto. Es u n a bestia singular parecida al caballo. En su frente se aguza el único cuerno qtie le da nombre. Dos p a l o m a s le acompañan, y sólo la pureza le conquista. Tan fiero bruto sólo se rinde á las doncellas castísimas, á las que nunca faltaron en lo más mínimo á la honestidad. Las que gozan de virtud tan preciosa aprisionan al unicornio con el ceñidor, y el animal las sigue, manso y obediente. ¡Mas infeliz de a q u é l l a qite no poseyendo una castidad sin mancha pretenda engañar al uuicornio! El instinto truo descubre los pecadillos más ocultos, -y un beso, una mirada bastan para mancillar á sus ojos la virtud aparente de una doncella. Entonces, la mansedurtibre truécase en ferocidad. El unicornio se enfurece terriblemente, y con su asta traspasa á la atrevida que pretendió engañarle. Pero con vosotras ¡oh señoras! -concluyó el penitente- -no reza esto. La fama de vuestras virtudes es grande y bien cimentada. Podéis ir al bosque de Betela donde el unicornio habita, podéis aprisionarle con el blando yugo de vuestro cinturón, y obtener asi el talismán que ha de sanar al magnánimo D. Sancho. Calló, esperando respuesta. Doña Guiomar enrojeció, sus labios se separaron, luego volvieron á unirse sin proferir palabra. Doña Violante miró á su hermana, acercóse á una imagen de la Virgen, rezóla un momento, y después serenamente, dijo al eremita: -Acompañadme, padre mío. Voy en busca del unicornio. ni El ermitaño se separó de doña Violante en la linde del bosque de Betela. La joven entró en él y se internó bajo los árboles, absorta en meditaciones profundísimas. Antes de aproximarse al sitio donde pastaba el maravilloso animal, la doncella escudriñó los repliegues ocultos de su conciencia, pesando y aquilatando todos los actos de su vida, hasta los más nimios. Aquel examen reveló á doña Violante la existencia de algunas máculas, de algunos lunares casi imperceptibles, que se le antojaron deshonra del armiño de su alma. Tales sombras no tenían apariencia determinada ni concreta, y su densidad semejaba á la de las nubes que, según la luz que las ilumina, parecen compactas á ratos y á ratos transparentes. Mas á pesar de su imprecisión, y tal vez por ella misma, alarmaron hondamente á la recatada doncella. Su excesiva virtud juzgó pecados los que sólo eran descuidos de la vista, distracciones del oído, y se creyó hembra procaz y liviana. Atemorizada, conceptuó que, como ella, el unicornio descubriría aquellas faltas y las castigaría con la muerte. A lo lejos sonó un relincho armonioso y enérgico. Escuchándole doña Violante, sólo atendió á su terror, y retrocediendo en su camino, corrió hasta el sitio donde el cenobita la esperaba. El santo varón se pasmó mucho ante los escrúpulos de doña Violante, quien se los expuso desconsolada. Por más que hizo el ermitaño, no logró tranquilizar el espíritu susceptible y meticuloso de la casta joven, y fueron vanas cuantas sentencias pronunció acerca del particular. Doña Violante mantuvo su resolución. No buscaría una muerte cruel é inútil; no poseía la pureza absoluta; harto se condolía de ello. Igjial asombro que al eremita produjo á toda la corte la confesión de doña Violante, y aun al señor de Navarra, quien había empeorado mientras tanto. ¿Qué mujer, se dijeron todos, puede creerse pura en el señorío si no lo es doña Violante? Y ninguna hembra tuvo valor para afrontar la muerte y capturar el uuicornio. Pasaron varios días, y viendo peor á D. Sancho, la rubia doña Guiomar acercóse una tarde al penitente y le dijo; -Hombre piadoso, acompañadme al monte de Betela donde el unicornio habita. Mi padre se muere. He de intentar salvarlo. Mas antes de partir os diré, que si bien mi alma está limpia de pecado, carece de la pureza absoluta. He amado á un hombre, que murió en guerras lejanas. La noche que marclió me pidió un beso. Lloraba al pedírmelo. Yo tarabién lloraba. Nuestros labios se unieron...