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vosotras, V i o l a n t e Guiomar, las horas d e vuestro padre; embelleced su vida cou. cariños; endulzad sus enas con- la miel de vuestros liala os. ¡A d i ó s amados. míos! No lloréis, no lloréis. Veo la luz del cielo. iQué hermosa, qaé deslumbrante! A d i ó s besadme todos. Así, así, en los labios, enlos ojos, en las manos. Os a m é mucho. ¡Cuánta claridad! ¡Oh, cómo brillaí Es el sol... No, es la Virgen que baja á buscarme. Viene vestida de oro; sus ojos fulgen como estrellas. Me llama. Adiós, adiós. Voy, Señora y Madre mía. La moribunda, al decir esto, alzó sus manos implorantes y las dejó caer l u e g o inmóviles por siempre, mientras D. Sancho y doña Guiomar se abrazaban sollozando, y doña Violante cubría pudorosa la inerte desnudez de los bra. zos m u e r t o s de doña. Aldonza. II El dolor de D. Sancho fué desconsoladísj y terrible. Ni el entierro y espléndidos funerales con que honró á doña Aldonza, n i el maravilloso sepulcro que para él y su esposa hizo tallar en el más puro y transparente alabastro, ni el duelo de sus subditos, ni la apenada solicitud de sus hijas, mitigaron la fiereza de su pesar. La ausencia eterna de aquell mujer tan dulce, tan sensata, tan hermosa, entristecía sobremanera al señor de Navarra, quien erraba por su palacio, aguzando el oído, que en su cavidad sonora conservaba el zumbador rezongue de la rueca manejada en otros días por las manos de doña Aldonza. Mas el silencio tejía su tela en el camarín abandonado, y D. Sancho pasaba suspirante por galerías 3 salas, creyendo entrever en la penumbra de los ángulos obscuros la silueta amada, por siempre perdida, En vano doña Violante y doña Guiomar trataron de distraer el dolor de su padre, sobre cuya almai cansada pesaba la imparabilidad de su pena. D. Sancho no esperaba nada de la vida, y sabía que sólo la muerte había de venir, lenta, implacable, cada vez más visible, sin disimularse, entre las brumaa doradas con que la juventud trata de ocultarla. El incansable señor de Navarra la llamaba, ansiandoverla próxima, deseando que le tocase con su dedo frío; y como si la muerte accediese á su ruego, doa Sancho fué deca 3- endo, y perdió día tras día sus fuerzas, y vio más cercana la esperada y terriblevisitante. Aquel abatimiento de D. Sancho alarmó mucho á sus hijas, quienes viéndole decaer y perder fuerzas, llamaron á la corte á cuantos entendían de curar males, reconstituir organismos ó de domeñar nefandos influjos. Mas ninguno de aquellos sabihondos varones acertó á mejorar al enfermo, á quien abandonaban las energías, rindiéndole exánime en el lecho. Allí le cuidaban sus hijas, entristecidas y apenadísimas. Doña Guiomar no reía ya, y cautivó stis dorados bucles en una redecilla de perlas, sin dejarles orearse, alegres y libres. Doña Violante entenebreció las tinieblas de sus ojos con austeridad mayor y emparedó la divina nieve de su garganta tras recios brocados, que desde su cuello caían hasta el suelo en tiesos pliegues. Las manos siguieron aquel ejemplo, y se ocultaron, albas y púdicas, en la amplitud obscura de las mangas, donde se perdían como palomas en la noche. Así las dos hermanas, tristes 3 abatidas, asistían al enfermo, prodigábanle sus cuidados, escuchaban. los consejos é inútiles divagaciones de los médicos y charlatanes. Un día llegó á la corte un sabio ermitaño, á quien la noticia de la enfermedad de D. Sancho arrancara de su penitente retiro. Aquel asceta, llamado Mames, á quien los ayunos y mortificaciones consumieron, inspiró confianza á las atribuladas doncellas. Luego de examinar atentamente al señor de Navarra, el eremita habló así: -Confiando en la misericordia del Altísimo, que todo lo puede, en el auxilio de mi patrono el glorioso San Mames, y en el cariño de estas apenadas doncellas, espero curar á nuestro amado señor. Don- Sancho sanará si bebe un poco del brebaje que voy á componer. -Sed presto, -exclamaron á una doña Violante y doña Guiomar. -Una condición exige mi medicina para surtir su mirífico y extraordinario efecto- -dijo el cenobita. -Ha de ser servida en un vaso de asta de unicornio. ¿Poseéis alguno? Las hermanas respondieron negativamente. No poseían ninguna copa de tan, preciada materia. Su