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E LAS HIJAS DEL SEÑOR DE NAVARRA T ON Sancho el Mag iiáninio, Señor de Navarra, tasó cuando blanqueaban sus cabellos, con doña Aldonza de Barbastro, hermosa y noble aragonesa. La madurez del esposo no fué obstáculo para su dicha, pues doña Aldonza de Barbastro le hizo feliz por completo, amándole tiernamente y dándole dos hijas, que se llamaron doña Violante 3 doña Guiomar. Ambas crecieron en hermosura y discreción, y cuantos las veían quedábanse hechizados ante sus diversos é incomparables encantos. Doña Violante era alta, garrida, de rostro pálido, talle altanero y negros ojos, hondos, fascinadores y enigmáticos. K unca se vio doncella más cauta y modesta: En su espíritu nacían, cual floi es en los prados, cuantas virtudes existen en este mundo miserable. La obediencia, el respeto, la amorosa caridad, el apartamiento de las humanas vanidades acogíanse en aquel alma como en natural y seguro abrigo, y doña Violante las cultivaba con esmero, prefiriendo entre ellas á la blanca castidad, que, á su juicio; era compendio de todas y como su resumen y quinta esencia. Así no existía doncella más púdica en todo el Señorío. En la profundidad tenebrosa de sus pupilas no brotó jamás un rayo de amor; ninguna mano alteró la suave tibieza de sus dedos, ni boca alguna osó alabar belleza tan perfecta é imponente. El recato y la modestia tejieron una vestidura de espiritual amianto en torno de doña Violante, quien cruzaba entre las pasiones de los hombres cual la salamandra pasa por el fuego sin sentir la ardiente mordedura de las llamas. Cuando las camaristas de doña Guiomar la peinaban, el cabello rubio de su señora se destrenzaba hasta sus pies y aun arrastraba por el suelo, formando áureo montón. Aquella cabellera refulgente se retorcía en bucles y rizos sedosos, inquietos, juguetones, y alguno de ellos, resbalando por la frente rosada de doña Guiomar, bajaba atrevido á mirarse en los Ojos alegres, dorando con sus reflejos la azul transparencia de las pupilas. Doña Guiomar era bulliciosa, amiga de fiestas, torneos y cacerías, y gustaba de hablar con donceles y pajes, que la entretenían con historias de amor. Algunas almas poco piadosas afirmaban que doña Guionjar había amado á un caballero trashumante de quien no se volvió á saber noticia. Quienes de tal cosa hablaban juraron haber oído á las altas horas en que todos dormían, rumores misteriosos, frases apasionadas, protestas de cariño, y aun hubo alguien, amante desdeñado ó celosa rival, que añadía á tales dulces ruidos el chascar de un beso. Tal vez por esto la risa de doña Guiomar rompía. á ratos su cadencia perlada, y los ojos entristecían momentáneainente su júbilo perenne, mas estas nubes pasaban pronto, y el pesar, si alguno había, tornaba á enterrarse en el alma de la rubia doncella. Un día una enfermedad postró doliente á la noble doña Aldonza. Viendo D. Sancho la inutilidad de los remedios aplicados por sii médico maese Jofre, llamó al palacio á sabios monjes, á misteriosos zahoríes y á egipcios de tez tostada y extraño lenguaje para que curasen á la señora de Navarra. Mas tan inútiles como las bebidas y los bálsamos de maese Jofre fueron los exorcismos de los frailes, los conjuros de los zahoríes, las diabólicas artes de los bronceados vagabundos. Sin duda Dios no permitió que las substancias curativas aplicadas á la enferma surtiesen en aquel caso los efectos para los cuales fueron creadas, y dispuso en sus altos designios el fin de doña Aldonza de Barbastro. El alma buena de ésta adivinó la inapelable sentencia, y acatándola y resignándose á su fallo, se dispuso á morir. Harto se condolía de abandonar la dulce vida cuando aún podía gozarse de ella y de los goces que se ocultaban en los años venideros, mas elevando el alma al Creador, ahuyentó aquellos profanos pensamientos, recibió la última hostia, vio desaparecer los vestigios del pecado con el Oleo Santo, y juzgándose pura é irreprochable se despidió de los suyos con solemnes y patéticas palabras. -Me muero, les dijo, pero no me lloréis, pues confío en la Misericordia divina y en la Virgen mi Señora, que me tenderá la mano. Desde el cielo velaré por vosotros, por vuestra felicidad terrena. E s esta mi única inquietud. Sé que sois buenos, de nobles y cristianos pensamientos, que sólo pecaréis en materias veniales y parvas; así espero os reuniréis conmigo. Esto debería bastarme, mas mi espíritu, unido aún al cuerpo, se inquieta pensando qué podréis ser infelices en la brevedad de la vida. Por esto os pido que os améis nurcho. Cuida tú, ¡oh esposo mío! de estas nuestras tiernas hijas. Alegrad