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Pericles el soberbio ptovocaílor de Eí: parta, consigo njismo úéhi adulador de Atenas, inaiidii erigir un templo y á Fidias dijo: -En mííniíifl diviniíía la Fuerza, Ya erguían las columnas sus fuetes, y aún ocioso sculndo ante ln píedrn nicdítaba el maestro buscando en las r e j o n e s que sólo ti genio habita un dios para aquel leiuplo. V no le bailaba, Cíeuciaf Vittud, Amor, es fácil f iic el barro divinicen: Minerva, Venus... Juno. mas ¿cómo ennoblecerlo copiando el inconscieute odeno del bruto? hierro conlome iiido el bloque, la mano perezosa, la frente ensombrecida y el reposar frecuente, bien claro demostraban la indecisión de Fidias. PoT fin surgió la forma, y en Hércules la Fuerza con e plosiín de vida cantó triunfante un himno: un himno cu que vibraban la, s estridentes notas del trueno y del rugidoDe píe. desquebrajando su enorme pesadumbre las peñas, extendía los braj; os vencedores no en ademán de gracias, y sí de temerario desafio á los dioses. El poderoso aliento que inftauía los volcanes, ue el mar ensoberbece, que trunca el alto cedro, sus espesos labios sulíia de la fratina del estalbiute pecho. Su piel atirantaban los músculos salientes: entre nudosos nervios las venas discurrían pletóricaH de sangre: su cuello era de toro: su crin era leonina. Mas en espacio et lrecho la carne amontonada caía sobre el arco de las rizosas ceja, s, y era su frente ruda jtaleuqne del instinto, no Cielo de la Idea. Y Fidias quedó triste; y ai ver su desaliento en vano loH discípulos su g cnio pregonaban, en vano le decían la estatua señalando: -í Maestro qué le falta? ¿QvÍ 7. á. á sus píes rendido falla el dragón de Lema? JEI ácuila insaaable? ¿Qvñzá el león Nemeo? Mas el con la mirada perdida en el espacio respondía; No es eso. De su taller por siemure mandó que la apartasen, y en un rincón lejano d e su jardín dispuso quedase abandonada: su templo fué una gruta, el olvido su culto. Pasó tiempo, y un día, de las primer, is rosas gozando la belleza, por el jardín vagaba el soñador auisia cuando encontró á su paso la p- uta solitaria. Al penetrar en elÍa paralizó el asombro su faz, y de los labios dejó escapar un K to Al pie de la escultura, sus ojos eu la peiía descubrieron un nido. ¡Cuan fráffil era! Pajas, tallos de floresjuncos la deleznable urdimbre formaron, y en BU seno la vida despertaba con un rumor alegre de píos y aleteos. r í La vida que comíení a, lo débil que se arrastra la mano del coloso buscando entre las sombra. Al couiemplar la piedra labrada por su genio, desconoció su obra. Como por misteriosa claridad que brotase del apacible nido, la vio transficurade. ¡Revelación sublime! No era el león Nemco lo que á sus pies faltaba? Los viRorosos brazos que amenazaban antes, en ctitud solemne de protección tendía la colosal estatua sobre la endeble cuna por el amor tejida, Y era su j esto noble: dijírase que hablaba con los humildes si res íí quien prestó sw amparo- ¡Nada temáis! íMi diestra domar puédelos vienten y detener el rayo! Su frente dobló Fidiast y respetando el nido, su estilo estas palabras trazó eu la blanca pieara: rAmor. tú sólo grande, que sólo á ti fué aado divinúar la Fuer nL- liiCARDO e n