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Ni V ALD os que no creen que existan idilios y ég- logas, son tan infelices como aquellos antepasados nuestros para quienes os pastores habían de ser enamoletafísicos, y todas las zagalas 11 a ilis, Flérida ó cosa por este orden. 1 verdaderamente conozca á fonostumbres de la aldea, y en parl e la aldea castellana, no dejai á locer en la manera como nacen y rrollan las pasiones amorosas entre los campesinos, itna honrada y noble urbanidad y una campestre cortesanía ó ca- üalleria rusticana- que distan igualmente de los remilgados artificios de las pastorcitas y los zagalitos de égloga á 1 lo Watteau, las z a í i e d a d (oToserías de lo; breros de Juan del Enziiia. Vedlo, s i n o estudiando 5o S tres momentos culminantes en la historia de unos amores, tomada del natural en una dichosa villa de la provincia de Toledo. En el primer cuadro aparece la mocita í: ola, arreglada para ir á misa, inocente y graciosa como una flor que se entreabre; nada más ingenuo, sencillo y elegante que su atavio; su lindo semblante muestra una candidez que es la verdadera finura de los espíritus. El segundo cuadro es el coloquio amoroso en la reja; el mozo se h a sentado, pasando las piernas por entre los hierros. I a mayor malicia no puede ver en este diálogo nada peor que en el inmortal de Romeo y Julieta. En el tercero, la moza aparece adornada c o n el vestido de novia. Su arrogante y señoril apostura nos muestra bien claro que la más humilde muchacha en Castilla sabe tomar empac ue y aire de ricahembra cuando el amor la ha elevado a l a categoría de señora de su casa. FOTOGRAFÍAS U C 0 D 0 RN